Más allá de Smith, Ricardo y Marx: El valor del trabajo informal, reproductivo y la resistencia antipatriarcal.

El trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, históricamente sostenido por
mujeres, constituye una de las bases invisibles del capitalismo mexicano. A pesar de que el 43% del PIB se genera en la informalidad —donde el 78% de la fuerza laboral son mujeres— sus aportes siguen sin ser reconocidos ni compensados.

TRIMESTRE: 25-P
MÓDULO: IX


INTEGRANTES:
García Manríquez Dafne Guviyaá
Hernández Flores Laura
Hortua Medina Kabel Emir


DOCENTE: Rojas Silva Oscar David

El siguiente trabajo es realizado por alumnos de la licenciatura en Economía en la Universidad Autónoma Metropolitana-Unidad Xochimilco, cualquier duda o aclaración mandar un correo a: economia@correo.xoc.uam.mx

Índice

  1. Introducción…………………………………………………………………………………………3
  2. Planteamiento del problema……………………………………..……………………………………………..………… 4
  3. Marco teórico……………………………………………………………………..…………….……6
    3.1 Teorías clásicas……………………………………………………………………………………………….6
    3.2 Crítica antipatriarcal al concepto del valor………………………………………………….. 8
    3.3 Mujeres en la periferia del capital…………………………………………………………… 10
  4. Reconocimiento, redistribución y revalorización del trabajo doméstico: hacia una
    propuesta transformadora……………………………………………………………………………………… 11
    4.1 El no reconocimiento como forma de violencia estructural………………………….……. 11
    4.2 El trabajo de cuidados como columna vertebral de la economía………………………….15
    4.3 Fundamentos para un salario mínimo universal feminista……………………….…….…..18
    4.4 Hacia una arquitectura de los cuidados con justicia social………………………….….…. 20
    4.5 Epistemologías del cuidado: pensar lo económico desde lo sostenedor………………….21
  5. Hipótesis……………………………………………………………………………………………… 23
  6. Conclusiones……………………………………………….…………………………………………23
  1. Introducción

En México, millones de mujeres sostienen cotidianamente la economía desde los márgenes:
sin salario, sin contrato, sin reconocimiento. A través del trabajo doméstico y de cuidados
(invisibilizado por las estadísticas y desvalorizado por la política económica) garantizan la
reproducción de la fuerza de trabajo que alimenta al capitalismo. A esto se suma la
informalidad laboral, donde el 78% de la fuerza de trabajo son mujeres, expuestas a la
precariedad y sin acceso a derechos laborales.

Este texto parte del reconocimiento de que el sistema económico se sostiene sobre una
estructura desigual, patriarcal y racializada, que asigna a las mujeres (especialmente a las
mujeres indígenas, rurales y racializadas) el rol de cuidadoras sin remuneración. Desde una
perspectiva crítica, se analizan las limitaciones de las teorías económicas clásicas del valor
para comprender estas dinámicas, y se recuperan aportes del feminismo marxista y de autoras
como Silvia Federici, Angela Davis y Lise Vogel.

La investigación busca visibilizar el carácter estructural de esta injusticia, cuestionar los
criterios que definen qué cuenta como trabajo y quién merece derechos, y proponer
alternativas hacia una economía del cuidado con justicia redistributiva. ¿Qué implicaría
reconocer el trabajo reproductivo como parte del sistema económico? ¿Qué transformaciones
serían necesarias para que quienes sostienen la vida no sigan haciéndolo desde el olvido y la
explotación?

  1. Planteamiento del problema

Los datos oficiales revelan solo una parte de la violencia económica que enfrentan las
mujeres en México. Detrás de las 39 horas semanales de trabajo no remunerado (INEGI,
2023) hay una maquinaria colonial1 que convierte cuerpos racializados en combustible para
el capitalismo (INEGI, 2023).

Es así que la informalidad opera como un régimen racial (INEGI, 2023). Solo el 2% de las
2.4 millones de trabajadoras del hogar tienen contrato (STPS, 2023), y las empleadas

indígenas ganan 42% menos que sus pares no indígenas (OXFAM, 2021). Según datos del
CONAPRED (2022), el 74.5% de las trabajadoras del hogar indígenas se encuentran en
condiciones de informalidad laboral, y el 60% no cuenta con acceso a servicios de salud
(CONAPRED, 2022).

La triple jornada es una condena invisible. Las mujeres urbanas suman trabajo remunerado y
doméstico, pero las rurales indígenas añaden horas trasladándose desde la milpa. Obreras en
Juárez pierden 4 horas diarias en traslados (CDHM, 2023), recorriendo ciudades que las
expulsan. Cero guarderías del IMSS aceptan a hijos de informales, y sólo tres estados en
México otorgan créditos a comerciantes mujeres (SE, 2022). Es ingeniería social2
: que los

pobres sostienen el sistema, siempre al borde del colapso.

Pero los números también narran la lucha. El 82% de las cooperativas populares son lideradas
por mujeres (INEGI, 2023), y en Oaxaca, el trueque indígena mueve casi el 4% del PIB
(UNAM, 2021). El sindicato de trabajadoras del hogar ha logrado que miles accedan al
IMSS, rompiendo el cerco de la exclusión (IMSS, 2023). La resistencia no es espontánea: es
tradición.

México se construye sobre los hombros de las mujeres racializadas. El 43% del PIB nace en
la informalidad, y el 78% de esa fuerza son mujeres (INEGI, 2023). No es casualidad: es un
feminicidio laboral. Después de todo, los datos también son un territorio de disputa. Hoy,
estos datos no solo denuncian. Exigen ética.
a. Objetivos generales
i. Demostrar que el trabajo doméstico y de cuidados es el que sostiene al
sistema capitalista.
b. Objetivos específicos
i. Reconocer el impacto que tiene el trabajo doméstico no remunerado en el PIB en México.

ii. Reconocer el impacto que tiene el trabajo informal en el PIB en México.

iii. Comparar las diferentes teorías fundamentales de la economía, con autores como Karl Max, Adam Smith, Friedrich Engels y Malthus.

iv. Analizar la importancia del trabajo doméstico y el impacto que tiene en la economía de México.

v. Describir el carácter racial del trabajo informal así como el doméstico y de cuidados.

c. Metodología:
i. Esta investigación se desarrolló bajo un enfoque cualitativo y de tipo documental, orientado al análisis y sistematización de fuentes escritas relevantes. Para el tratamiento de la información, se utilizó un enfoque analítico-crítico, lo cual permitió identificar categorías relevantes, establecer relaciones conceptuales y detectar vacíos en los discursos analizados. Se privilegiaron documentos producidos por organismos internacionales, instituciones académicas, investigadores reconocidos y bases de datos oficiales. En el caso de fuentes secundarias, se procuró verificar su fiabilidad mediante la comparación con otras referencias.

  1. Marco teórico
    3.1 Teorías clásicas
    Las teorías del valor de clásicos como Adam Smith con la “sustancia del valor”, David
    Ricardo con el “valor-trabajo” (Ricardo, 1817), y el enfoque fisiocrático en el excedente
    agrícola (Dobb, 1973), construían una conceptualización de valor desde la perspectiva de la
    clase dominante. Resulta paradójico que el mismo Adam Smith en La teoría de los
    sentimientos morales reconociera el papel de los afectos y la simpatía como elementos
    esenciales para el tejido social (Smith, 1759), pero al pasar al terreno de la economía política
    en La riqueza de las naciones, relegó estos principios al ámbito privado y no productivo
    (Smith, 1776). Esa separación entre lo moral y lo económico no fue neutral: consolidó una
    economía política centrada en el intercambio, la mercancía y la utilidad, y dejó fuera del
    análisis los pilares invisibles que sostienen la vida, es decir, los cuidados, las emociones y el
    trabajo reproductivo. Esta omisión, profundamente arraigada en la ideología del capitalismo
    naciente, es una de las causantes principales del fenómeno de la invisibilización de las
    contribuciones de las mujeres al sostenimiento de la fuerza de trabajo y, por ende, a la producción misma (Federici, 2018). La economía clásica, en su afán por cuantificar y mercantilizar todos los procesos remotamente relacionados con la producción, terminó por minimizar los aportes de la dimensión cualitativa y afectiva del trabajo, perpetuando una visión reduccionista y sesgada del valor.

Si bien los aportes de Malthus al entendimiento de las dinámicas de multiplicación de las masas y sus efectos en el panorama social, en su “Ensayo sobre el principio de la población” de 1846, nos ofrece un punto de vista más cuantitativo sobre este asunto nos dice que este proceso puede ser comprendido como un ciclo en el que se expresa cómo el crecimiento poblacional descontrolado eventualmente lleva a la miseria y la reducción de la población a través de hambrunas, guerras y enfermedades, esta puede ser refutada considerando al posicionamiento de Marx en el que pone como eje articulador del problema a la distribución y la producción del excedente económico producido con el trabajo.

Marx, a su vez, dilucida su construcción conceptual del valor en su reconocido libro El Capital. En él se concentra el pensamiento de esta categoría fundamental, se define como ese tiempo determinado del trabajador que utilizando su fuerza de trabajo, genera un objeto para la satisfacción de necesidades de una comunidad o sociedad.

Ahora bien, rescatando este concepto marxista que pone el foco en el trabajador y su energía transformadora: séase la fuerza laboral; el trabajo doméstico funge como mantenimiento de la misma, dado que gira en torno a los cuidados de la misma. Con estos nos referimos a las tareas realizadas en el hogar, como el aseo, la alimentación y directamente el cuidado de las personas, pudiendo ser infancias, adultos y adultos mayores (Benería, 2006). A lo que se quiere llegar es que esta teoría, a pesar de su avance en la comprensión del valor-trabajo, también presenta limitaciones a la hora de abordar este elemento doméstico.

La conceptualización del valor de los clásicos se centra principalmente en la producción de mercancías para el mercado, dejando en la sombra el valor intrínseco del trabajo no intercambiado en el mercado. Este mantenimiento de la fuerza de trabajo es la esencia con la que se reproduce la fuerza de trabajo, pero no se reconoce como una actividad productiva en el sentido acostumbrado. Es una actividad generadora de valor que no es reflejada en el mercado.

Dentro de este mismo marco de la comprensión desde una esfera económica del trabajo, se encuentra el trabajo productivo. Este es definido bajo una mirada de mercado cómo aquel que produce bienes y/o servicios destinados al mercado, es decir, actividades económicas que generan un ingreso y están incluidas en las mediciones tradicionales como el Producto Interno Bruto (PIB).

Considerando estos dos conceptos anteriores y realizando el puenteo conceptual de estos tipos de trabajo, es al que pensadoras como Federici conceptualmente le llaman trabajo reproductivo (Federici, 2013). Aunque parte de este puede ser remunerado, como lo son las guarderías, asilos y hospitales; gran parte del compendio de actividades que lo conforman no lo son, en especial si se centran en la parte del trabajo doméstico (Federici, 2013).

Tomando en cuenta esta compensación económica recibida ya sea en un sector formal o informal, esta es propia del trabajo remunerado. Esto no exime que la estipulación de la no considerada actividad económica de mantener la fuerza de trabajo es comúnmente asimilada como una obligación no digna de remuneración, o inclusive como un acto de amor que debería nacer de todas las mujeres (Federici, 1975).

Esta idea legitima la explotación, presentándola como una tarea natural y gratuita, inherente al rol de la mujer, como menciona Federici, la naturalización sigue siendo una estrategia fundamental para la perpetuación del sistema capitalista, que se beneficia de la fuerza de trabajo no remunerada.

Ahora bien, pensando al trabajo doméstico como una jornada laboral, según Nieto (2004), la doble jornada se refiere a la situación en la que una persona, principalmente mujeres, combina una jornada laboral remunerada (formal o informal) con la mayor parte del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. Esta combinación genera una sobrecarga física y mental, ya que implica la participación simultánea de una persona en el ámbito productivo y el reproductivo.

3.2 Crítica antipatriarcal al concepto del valor
A partir de los años 70, diversas autoras reabrieron esta discusión. Silvia Federici, en El
patriarcado del salario (Federici, 2018) y Calibán y la bruja (Federici, 2004), sostiene que el
trabajo doméstico es indispensable para la acumulación capitalista:

“No es un trabajo precapitalista, un trabajo atrasado, un trabajo natural, sino que es un
trabajo que ha sido conformado para el capital por el capital, absolutamente funcional
a la organización del trabajo capitalista. Nos llevó a pensar la sociedad y la
organización del trabajo como formado por dos cadenas de montaje: una cadena de
montaje que produce las mercancías y otra cadena de montaje que produce a los
trabajadores y cuyo centro es la casa. Por eso decíamos que la casa y la familia son
también un centro de producción, de producción de fuerza de trabajo.” (Federici,
2018)

Para Federici, el capitalismo no podría sostenerse sin la reproducción diaria de la fuerza de
trabajo, tarea que se realiza gratuitamente en los hogares.

Angela Davis, en Mujeres, raza y clase, complejiza el análisis incluyendo la raza y la clase.
Sostiene que:

“De hecho, a los ojos de sus propietarios, ellas no eran madres en absoluto, sino,
simplemente, instrumentos para garantizar el crecimiento de la fuerza de trabajo
esclava. Eran consideradas «paridoras», es decir, animales cuyo valor monetario podía
ser calculado de manera precisa en función de su capacidad para multiplicar su
número.” (Davis, 1981)

Para muchas mujeres racializadas, el trabajo doméstico fue simultáneamente trabajo
productivo en hogares ajenos, visibilizando la explotación interseccional (Davis, 1981).

Mariarosa Dalla Costa y Selma James, 1972, plantean que el hogar no es una esfera privada,
sino una unidad productiva para el capital. Exigen el reconocimiento y remuneración del
trabajo doméstico como parte del sistema de explotación.

Finalmente, Lise Vogel elabora una teoría unitaria que vincula producción y reproducción
social. En su obra Marxism and the Oppression of Women argumenta:

“En palabras de Marx, «la forma salarial extingue así todo rastro de la división de la
jornada laboral en trabajo necesario y trabajo excedente, en trabajo remunerado y no
remunerado. Todo trabajo aparece como trabajo remunerado». Marx no identificó un
segundo componente del trabajo necesario en la sociedad capitalista, que podríamos
llamar el componente doméstico del trabajo necesario, o trabajo doméstico.” (Vogel,
1983)

Para ella, el marxismo no incorporó la reproducción social como parte del análisis económico
y político.

3.3 Mujeres en la periferia del capital
Tomando en cuenta que no solo hay una división sistemática entre el trabajo remunerado y el
no remunerado, sino que incluso para el trabajo remunerado hay división y desigualdad
salarial en una mujer urbana y una que habita en las periferias. Para el análisis se investigó a
Saskia Sassen con su concepto de Ciudad Global, donde narra que la globalización tiene
como consecuencia un aumento en la reubicación de las personas que son ajenas a la unión de
ciudades globales.
Teniendo como consecuencia una desigualdad entre las personas, pero siendo la causa que:
“El número creciente de profesionales de alto nivel y empresas de servicios altamente
especializadas ha agudizado la desigualdad espacial y socioeconómica presente en
estas ciudades. El papel estratégico de estos servicios especializados ha revalorizado
el mercado de profesionales de primer nivel, que también ha aumentado
cuantitativamente. Además, dado que el talento puede resultar decisivo para la calidad
de estas funciones —y, dada la urgencia con la que se solicitan, el talento probado es
un valor añadido—.” (Sassen S. 2011)
Siendo una reestructuración de todas las formas de una sociedad, como culturales, sociales,
económicas, entre otras. Dónde realizar una globalización fue contraproducente a lo que se
pensaba. En palabras de Sassen:

“Esto entra en conflicto con una de las premisas clave de la teoría tradicional sobre
los sistemas urbanos, a saber, que dichos sistemas promueven la integración territorial
de las economías regionales y nacionales. Se ha producido una profunda desigualdad
en la concentración de recursos y actividades estratégicas dentro de cada una de estas
ciudades y en relación con otras de sus mismos países.” (Sassen, 2011)

Todo ello refleja la desigualdad y la forma en que se ha generado un sistema que desconoce a
grupos étnicos por qué los deja en las periferias y solo se concentra en las ciudades.

  1. Reconocimiento, redistribución y revalorización del trabajo doméstico: hacia una
    propuesta transformadora
    4.1 El no reconocimiento como forma de violencia estructural
    Para Federici, la violencia estructural se manifiesta como un conjunto de mecanismos
    institucionales, económicos y culturales que sostienen la subordinación de las mujeres y la
    apropiación de su trabajo, cuerpos y saberes. Esta violencia no se ejerce únicamente de forma
    directa, sino que se integra en la organización misma de la economía y en las relaciones
    sociales, reproduciéndose a través de leyes, políticas, normas y prácticas que naturalizan la
    desigualdad de género y la explotación (Federici, 2004).
    4.1.1 Invisibilización del trabajo doméstico como mecanismo de opresión:
    La invisibilización del trabajo doméstico no es un accidente, es un brazo articulador del
    sistema capitalista para perpetuarse a sí mismo al menor costo posible. Esta naturalización del
    trabajo reproductivo deriva en una forma de violencia estructural
    .

No es hasta que se toma en consideración las tareas realizadas con nuestros propios esfuerzos
que el gasto en energía y tiempo es comprensible. Pues si las mujeres no se encargaran de
estas tareas, los trabajadores tendrían que hacerlo ellos mismos, reduciendo su productividad
o requiriendo un mayor costo al tener que contratar servicios de cuidado. No es exagerado
decir que el trabajo de las mujeres es uno de los elementos que mantiene la estructura social
en funcionamiento y su invisibilidad e infravaloración económica constituyen una forma de
explotación sistemática.

4.1.2 La economía política del borrado: quién cuenta como trabajador y quién no
Este borrado no es un efecto accidental, sino una construcción política e ideológica
profundamente arraigada. Como señala el texto Revista Ciencias UNAM, el papel social
asignado a las mujeres se define no por sus capacidades reales, sino por la función que el
orden económico y patriarcal les adjudica en la reproducción social (Revista Ciencias
UNAM, 1988). Al negar el estatus de trabajador a quienes realizan labores reproductivas, el
sistema capitalista refuerza la segregación de género laboral y consolida desigualdades. Sólo
quienes logran insertarse en la esfera del salario formal cuentan como productores de valor,
mientras que millones de mujeres quedan fuera del contrato social.
4.1.3 Consecuencias materiales de la exclusión: informalidad, precariedad y dependencia:
La invisibilización del trabajo doméstico no solo es un problema en sí mismo, sino que
contribuye a la generación de una serie de otras problemáticas que afectan a las mujeres.
Cuando el trabajo doméstico no es reconocido como “real” se relega a la informalidad. Al no
ser considerada una actividad económica formal, quienes lo realizan no tienen acceso a
derechos laborales básicos, convirtiéndose en una carga laboral sin ninguno de los beneficios.
Esto deja a las mujeres en una situación de vulnerabilidad y precariedad, expuestas a
múltiples formas de explotación.
Desde un enfoque sistémico, esta invisibilización no solo impacta a nivel individual, sino que
constituye un cuello de botella5 para el desarrollo económico general, ya que concentra
grandes volúmenes de trabajo en un sector que no genera aportes contributivos ni impulsa la
demanda interna de forma sostenida (Castro y Lessa, 2020). Al permanecer fuera de la
formalidad, el trabajo doméstico reduce la base de recaudación fiscal, limitando la capacidad
del Estado para redistribuir recursos y financiar políticas públicas que podrían, precisamente,
mejorar las condiciones de quienes sostienen la reproducción social.
4.2. ¿Quién cuida a las que cuidan?: El agotamiento de un sistema sostenido por mujeres
4.2.1 Doble jornada: trabajo remunerado y doméstico

Existe una división en la vida de una mujer con la doble jornada laboral; el trabajo realizado
fuera de casa, en el que se utiliza la energía dada para producir mercancías que solventan las
necesidades de la sociedad (valor de uso) y que se obtiene un salario por la energía dada
(valor de cambio)

. Dónde cada día se esfuerza por traducirse en ese valor de cambio que
sirve para solventar las necesidades. No obstante, en esta naturalización se ha desvanecido la
idea de que es un trabajo, donde se gasta energía, donde se genera un trabajo más importante.
Es así que, en una sociedad donde se entiende y se reconoce un trabajo por la producción de
mercancías, no se contempla lo que ocurre en casa, y a su vez, el papel del salario hace esa línea divisoria entre lo que es un trabajo y lo que no.
4.2.2 ¿Existe una jornada invisible?
Cómo se mencionaba con anterioridad, existe esa división de doble jornada, pero, ¿Qué hay
del transporte?
Esta jornada invisible, afecta a un trabajador asalariado de manera muy importante, pero aún
más a una mujer que nunca termina su jornada laboral, que después de una jornada larga de
trabajo remunerado, hay una jornada intermedia donde el transporte funciona como algo
invisible que no se contempla. Un ejemplo es una jornada de ocho horas que se realiza en el
lugar de trabajo pero si se contempla las dos horas de camino ya no sería una jornada de esas
mismas ocho horas sino que serían 10 o 12 horas que se dedican al trabajo. En este caso el
transporte sería una jornada extra. Dónde debe considerarse “no sólo de las horas trabajadas
sino del tiempo dedicado al transporte” (Benería, Lourdes, 2006).
Algo que analiza Benería y Lourdes es unas posibles soluciones para esta jornada invisible
que afecta a las mujeres como “políticas urbanas inciden en el ahorro del tiempo de las
familias, es el caso de la promoción de un transporte público o privado eficiente o la mejora
de infraestructura como el servicio telefónico y la pavimentación de calles que facilita el
transporte y la limpieza en tiempos de lluvia.” (2006). Haciendo que sea menos pesada la
carga.
4.2.3 Impactos diferenciados en mujeres indígenas, racializadas y migrantes

Se ha considerado de forma muy general el hablar de las mujeres, sin embargo, es importante
hacer una diferenciación en el análisis en razón no sólo de género, si no también de raza y
clase. Hay una brutal diferencia entre una mujer de las periferias y una mujer urbana, donde
su vida y rutina diarias es muy diferente; mientras que en la ciudad hay transporte variado
como lo son el metrobús, trolebús, red de transporte pasajero, entre otros, en un lugar rural
solo existen taxis o vagonetas para poder transportarse. Siendo mucho más difícil llegar al
trabajo o a los hogares, dando como resultado desigualdades entre las mismas mujeres,
considerando que en lugares rurales los ingresos de un hogar son mucho menores que uno
urbano, las cifras de INEGI con respecto a los ingresos:

Tabla 1.Ingreso corriente promedio trimestral, según tamaño de la localidad y principales fuentes de ingreso (2024)

Fuente: Elaboración propia con datos de INEGI (2025). Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (2024)
El ingreso promedio de un hogar urbano es dos veces más grande que el de un hogar rural,
hay una diferenciación bastante notable entre hogares que comparten necesidades como
calzado, vestimenta y alimento. Donde, gracias a esta diferencia, los hogares rurales tienen
una mayor imposibilidad de adquirirlos. Es producto de un sistema capitalista, donde se
centra principalmente en globalizar “ha agudizado la desigualdad espacial y socioeconómica
presente” (Saskia S. 2011), teniendo como consecuencia diferencia en “la concentración de
recursos”(2011).

Además, no existe solo esa diferencia, hay otra en cuanto mujeres indígenas, mientras que
mujeres no consideradas indígenas ganan más que las que sí lo son, de acuerdo con datos del
INEGI se contempla una diferencia considerable

Tabla 2. Ingreso monetario promedio trimestral de las mujeres, según características étnicas
(2024)

Fuente:Elaboración propia con datos de INEGI (2025).Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (2024)

Se observa en la tabla una desigualdad, considerando las palabras de Sassen que “las
ciudades globales concentran tanto los sectores principales del capital global como una
porción cada vez mayor de grupos de población desfavorecidos” como lo son mujeres
indígenas y mujeres inmigrantes, que al estar en lugares periféricos no se contemplan dentro
del sistema.
4.2 El trabajo de cuidados como columna vertebral de la economía
4.2.1 La función productiva de lo reproductivo

Por un lado el trabajo reproductivo, que incluye el cuidado de personas, la crianza de niños,
el mantenimiento del hogar y otras tareas domésticas, representa el mantenimiento que es
esencial para la reproducción de la fuerza de trabajo, y por el otro, está el trabajo productivo
que se centra en la creación de bienes tangibles o servicios que se manifiesta como la
subsistencia y fuente de estabilidad económica.

Uno es dependiente del otro y viceversa. Sin el trabajo reproductivo, la fuerza laboral no
podría regenerarse; ni existiría la capacidad para producir bienes y servicios. Los individuos
necesitan estar sanos, alimentados y cuidados para poder participar en la economía. Los niños
requieren cuidado para crecer y convertirse en miembros productivos de la sociedad. Las
personas mayores necesitan atención para mantener su salud y bienestar. Sin este mantenimiento constante proporcionado por el trabajo reproductivo, la fuerza laboral se deteriora, disminuyendo su capacidad productiva y, en última instancia, colapsando el sistema económico.

A su vez, sin el trabajo productivo, el trabajo reproductivo se vería gravemente afectado. El
trabajo productivo proporciona los recursos económicos necesarios para cubrir las
necesidades de las personas que realizan labores de cuidado, así como para acceder a bienes y
servicios que facilitan este trabajo. La ausencia de trabajo productivo obviamente generaría
pobreza, escasez y una disminución de la calidad de vida, lo que haría que el trabajo
reproductivo se volviera aún más arduo y difícil de realizar.

La interdependencia es evidente: el trabajo productivo proporciona los medios económicos
para sostener el trabajo reproductivo, mientras que el trabajo reproductivo asegura la
regeneración de la fuerza de trabajo que, a su vez, impulsa el trabajo productivo. El único
problema de esto es la falta de reconocimiento de esta relación que desemboca en la
desvalorización del trabajo reproductivo.


4.2.2 Aportes del trabajo doméstico al PIB

La exclusión del trabajo doméstico del cálculo del PIB refleja una visión limitada y sesgada
de la economía. Dado que el PIB sólo considera las actividades económicas que se
intercambian en el mercado se deja afuera un gran volumen de trabajo que genera valor, pero
no se monetiza directamente. En 2022, el valor económico del trabajo no remunerado en
labores domésticas y de cuidados en México alcanzó los 7.2 billones de pesos, equivalentes al
24.3% del PIB nacional (INEGI CSTNRHM, 2022). La inclusión del valor económico del
trabajo no remunerado en labores domésticas y de cuidados aumentaría significativamente el
PIB, reflejando su verdadera contribución a la economía. En 2022, este valor se distribuyó en
un 72% aportado por mujeres y un 28% por hombres (INEGI CSTNRHM, 2022). Esta
distribución porcentual resalta la desigualdad de género, ya que el trabajo doméstico recae
desproporcionadamente sobre las mujeres, quienes no reciben la remuneración ni el
reconocimiento que merecen. De hecho, el trabajo no remunerado de las mujeres representó
2.6 veces más valor económico que el de los hombres (INEGI CSTNRHM, 2022).
A pesar de que el trabajo doméstico es crucial para el sostenimiento del sistema capitalista,
las métricas económicas convencionales como el PIB no lo consideran directamente,
perpetuando la desigualdad de género y la precariedad económica de las mujeres. Sin embargo, el valor económico del trabajo doméstico no remunerado puede reflejarse de la siguiente manera según encuestas del INEGI (CSTNRHM, 2023):

Gráfica 1: Valor de labores domésticas y de cuidados por personas que lo realizan: según Promedio Nacional y situación conyugal (2023) (millones de pesos)

Fuente: Elaboración propia con datos de INEGI (2023). Cuenta Satélite del Trabajo No Remunerado en los Hogares de México, 2022.

Según Liliana Ruiz y Paola Pereznieto (“Mujeres en el mercado laboral informal y formal en
México” (INEGI ENOE, 2022), de 23 millones de mujeres ocupadas (40% de la población
ocupada), 13 millones (56%) trabajan en la informalidad. La tasa de participación económica
de las mujeres en los últimos 17 años se sitúa entre el 40% y el 45%. Datos del gobierno
mexicano indican que la tasa de informalidad femenina es del 54.9%, la más baja desde el
inicio de la ENOE, sin considerar 2020 y 2021.
4.2.3 El cuidado como actividad estratégica, no como extensión del afecto
El cuidado es una de las primeras formas de afectos que experimentamos durante nuestro
desarrollo, algo que no cuestionamos y en muchas ocasiones damos por sentado. Este suceso
se debe porque a menudo el trabajo de cuidado se presenta como una extensión natural del
afecto y la responsabilidad familiar, dejando oculto su dimensión económica y social.
De cierta forma es una inversión en el capital humano, ya que garantiza la salud, la educación
y el bienestar de futuros trabajadores que contribuye a la productividad económica, el único detalle es que quienes están invirtiendo a menudo sólo reciben cierta satisfacción, pero ningún retorno que refleje el esfuerzo implementado.
A lo que se quiere llegar no es la demonización del afecto o del trabajo de cuidado, sino el
reconocimiento de que el cuidado es un trabajo, y como tal, debe ser reconocido y valorado,
dado que su invisibilización solo perpetúa la desigualdad de género y limita la posibilidad de
desarrollar políticas públicas que lo reconozcan y lo apoyen.
4.3 Fundamentos para un salario mínimo universal feminista
4.3.1 Crítica a la lógica meritocrática y al trabajo como única vía de acceso a derechos

Marx habla de lo que sucede en una fábrica, una explotación hacia la clase trabajadora que
bajo un yugo capitalista que se vieron obligados a vender su fuerza de trabajo, deslindando
responsabilidades mediante un disfraz de “libertad”, pero se concentró en lo que sucede
“fuera de casa”. Dussel nos habla que “de la casa para dentro” sólo hay goce y placer, cuando
no es así.
Estos autores ponen una línea divisoria entre la puerta de casa para afuera, donde no
contemplan la que se realiza dentro de ella, es importante hacer notorio que esto afecta al
momento de crear derechos de contemplar trabajadores, de realizar encuestas, entre otras más
actividades. Revalorizar lo que cuenta como trabajo y lo que no cuenta ayuda a dejar de
invisibilizar lo que se debe de reconocer.
4.3.2 La propuesta de un salario mínimo universal para las trabajadoras domésticas y su
resignificación actual

Las mujeres que realizan trabajo doméstico buscan reconocimiento, el esfuerzo dado a las
labores domésticas es aún más que el de un trabajador promedio, son trabajadoras que nunca
descansan, que velan por el cuidado de una familia, porque como lo escribe Federici:
“El trabajo doméstico es mucho más que la limpieza de la casa. Es servir a los que
ganan el salario, física, emocional y sexualmente, tenerlos listos para el trabajo día
tras día. Es la crianza y cuidado de nuestros hijos ―los futuros trabajadores―
cuidándoles desde el día de su nacimiento y durante sus años escolares, asegurándonos de que ellos también actúen de la manera que se espera bajo el capitalismo.”
Las mujeres que realizan trabajo doméstico no remunerado sostienen día a día la vida y la
reproducción de la fuerza de trabajo sin reconocimiento alguno. Son trabajadoras que nunca
descansan, que velan por el cuidado físico, emocional y cotidiano de sus familias. Como
escribe Silvia Federici, “el trabajo doméstico es mucho más que la limpieza de la casa. Es
servir a los que ganan el salario, física, emocional y sexualmente, tenerlos listos para el
trabajo día tras día. Es la crianza y cuidado de nuestros hijos ―los futuros trabajadores―
cuidándoles desde el día de su nacimiento y durante sus años escolares, asegurándonos de
que ellos también actúen de la manera que se espera bajo el capitalismo” (Federici, 2013).

Este es un trabajo arduo, sin vacaciones, sin horarios definidos, donde el desgaste físico y
emocional ha sido normalizado al punto de parecer una vocación natural. Federici denuncia
esta naturalización como una estrategia histórica del capitalismo para extraer valor sin pagar
por ello, aprovechando que muchas mujeres han sido “acostumbradas a trabajar por nada”.
Frente a esta situación, la propuesta de Federici no es simplemente obtener una
remuneración, sino politizar la demanda de un salario como forma de denunciar la
explotación encubierta del trabajo doméstico. La consigna Wages for Housework no busca
integrarse al régimen salarial tradicional, sino desafiarlo desde sus bases: se trata de
visibilizar que este trabajo es esencial para la reproducción del capital y que su gratuidad no
es un destino biológico, sino una imposición histórica. Luchar por un salario para el trabajo
doméstico, entonces, no es solo reclamar una paga, sino exigir una transformación radical en
la manera en que entendemos el trabajo, el valor y la justicia social
.
4.3.3 ¿Qué implicaría reconocer el trabajo reproductivo como trabajo?
Siendo reconocido el trabajo reproductivo como un trabajo dentro del sistema, tendría
diferentes implicaciones como que “El salario para el trabajo doméstico significa que el
capital tendría que remunerar la ingente cantidad de trabajadores de los servicios sociales que
a día de hoy se ahorra cargando sobre nosotras esas tareas” (Federici, 2013) donde en el
trabajo reproductivo no sólo es una profesión remunerada sino que son más, donde hay
muchos más papeles en una sola persona tomando en cuenta que se es madre, aseadora de
hogar, cocinera, cuidadora, entre otras más

Implicaría al sistema capitalista, más costos de los habituales, pero que son necesarios para
una clase trabajadora no remunerada. Además de que:
“La demanda del salario doméstico es un claro rechazo a aceptar nuestro trabajo como
un destino biológico, condición necesaria ―este rechazo― para empezar a rebelarnos
contra él. Nada ha sido, de hecho, tan poderoso en la institucionalización de nuestro
trabajo, de la familia, de nuestra dependencia de los hombres, como el hecho de que
nunca fue un salario sino el «amor» lo que se obtenía por este trabajo”. (Federici , 2018)
Cómo Federici lo señala, implicaría una desnaturalización del trabajo reproductivo, dando así
así clasificación de trabajo a lo que en verdad lo es, que se necesita para cada familia.
Buscando contemplar a quienes no han sido contemplados. “Queremos un salario para poder
disfrutar de nuestro tiempo y energías, para llevar a cabo una huelga, y no estar confinadas en
un segundo empleo por la necesidad de cierta independencia económica”. Donde ya no hay
dependencia de un salario de un hombre, sino una ayuda y aportación económica más al
hogar, generando así un re-funcionamiento en un hogar y en la economía.
4.4 Hacia una arquitectura de los cuidados con justicia social
Pensar una arquitectura de los cuidados con justicia social implica reconstruir las bases
materiales y simbólicas del orden económico dominante. Esta reconstrucción debe comenzar
reconociendo que el sostenimiento de la vida no puede seguir subordinado a la lógica de
acumulación capitalista (Castro, Lessa, 2020).

4.4.1 Lineamientos para un Sistema Nacional de Cuidados con enfoque antipatriarcal
Un Sistema Nacional de Cuidados no puede diseñarse desde una perspectiva asistencialista ni
desde los moldes tecnocráticos del Estado neoliberal (Brown, 2015). Su construcción exige
un enfoque antipatriarcal que contemple el trabajo de cuidados como una actividad
económica esencial, que debe ser reconocida, redistribuida y remunerada.

Para materializarlo, se requiere una arquitectura institucional con tres pilares centrales:
infraestructura pública de cuidados, que incluya centros comunitarios, servicios de atención
domiciliaria y espacios educativos con perspectiva de género; mecanismos de
corresponsabilidad social y de género, donde Estado, sector privado y comunidades
compartan de forma equitativa las responsabilidades; y marcos normativos y fiscales, que

aseguren financiamiento sostenible, formalización laboral para trabajadoras del cuidado y
medición periódica de su aporte económico a través de las cuentas nacionales. Este modelo
debe insertarse en un proyecto de desarrollo que supere la lógica mercantil, articulando
políticas de empleo, seguridad social y educación para garantizar que el cuidado deje de ser
un factor de desigualdad y se convierta en un derecho social garantizado.

4.4.2 Redistribución del tiempo, los afectos y los ingresos
La desigual distribución del tiempo es una de las manifestaciones más persistentes de la
desigualdad de género. Las mujeres dedican, en promedio, el doble de tiempo que los
hombres al trabajo de cuidados no remunerado, lo que limita su participación económica,
política y educativa (ONU Mujeres, 2020). Esta distribución desigual es funcional al sistema,
pues asegura una fuerza de trabajo reproducida sin costos para el capital. La arquitectura del
cuidado debe contemplar, por tanto, mecanismos que liberen tiempo para la vida, y no solo
tiempo para el empleo (Engels, 1884).

Redistribuir los afectos y las emociones también supone politizar el trabajo emocional, que ha
sido asignado de manera desigual a las mujeres. Las políticas de cuidado deben reconocer
que sostener vínculos, acompañar procesos vitales o contener emocionalmente a otros no son
actos espontáneos, sino prácticas económicas invisibilizadas que sostienen la estabilidad
social.
4.5 Epistemologías del cuidado: pensar lo económico desde lo sostenedor

Pensar la economía desde el cuidado implica descentrar las categorías convencionales que
han estructurado el análisis económico moderno. El salario, el empleo formal, la propiedad
privada y la noción de valor han sido pilares de una arquitectura conceptual que oculta,
excluye o subordina el trabajo que sostiene la vida. Esta exclusión no es accidental: es
estructural. Las epistemologías del cuidado (desde el feminismo marxista, la economía
política crítica y los enfoques estructuralistas) permiten articular una comprensión más
compleja del lugar que ocupa el trabajo doméstico y de cuidados en el sistema económico, y
particularmente su articulación con el trabajo informal, en el que se inserta la mayoría de las
mujeres en México.

4.5.1 El trabajo doméstico y su continuidad en la informalidad femenina en México

En contextos como el mexicano, el trabajo doméstico se convierte en el punto de partida para
comprender la inserción desigual de las mujeres en el sistema económico. La precarización
del empleo femenino, especialmente en labores de servicio, venta ambulante o cuidados
remunerados, no puede entenderse sin analizar cómo se construye la división sexual del
trabajo desde la esfera doméstica.

El trabajo doméstico es la base no reconocida de la reproducción de la fuerza de trabajo, pero
también del capital mismo. La cita de Marx, «la forma salarial extingue así todo rastro de la
división de la jornada laboral en trabajo necesario y excedente» (Marx, 1867), señala con
claridad cómo el salario opera como una máscara ideológica que oculta la extracción de
plusvalor. Pero también permite comprender cómo, en los márgenes del trabajo formal,
muchas mujeres realizan actividades económicamente indispensables sin reconocimiento, sin
derechos laborales y sin seguridad social. Lo doméstico y lo informal se entrelazan: ambas
formas de trabajo quedan por fuera del salario, de la ley y del valor oficialmente
contabilizado.

4.5.2 Cuestionar la centralidad del salario: el salario como relación de dominio
Como se revisó anteriormente el salario ha sido presentado como un símbolo de inclusión
económica, pero en realidad funciona como un dispositivo disciplinario y de control. No solo
enmascara la explotación, sino que determina quién entra y quién queda fuera del sistema
formal de derechos. La relación salarial no es neutra: es una relación de dominio que permite
al capital apropiarse del tiempo, la energía y la vida de quienes trabajan bajo la apariencia de
un intercambio justo. Esta forma de mediación, como plantea Marx (1867), es una tecnología
de poder que opera no solo en las fábricas, sino también en los hogares.

Es así que la exclusión del salario no es casual, sino funcional al orden económico. Esto
revela la necesidad de superar el fetichismo del salario11 como única forma de inclusión, e
imaginar otras formas de organización social del trabajo y de la vida que no estén ancladas a
la lógica del mercado.

4.5.3 Nuevos marcos analíticos: del valor económico al valor sostenedor

Desde una perspectiva estructuralista, es necesario pensar el sistema económico como un
entramado de relaciones interdependientes, donde la producción, la distribución y el consumo
están condicionados por la forma en que se organiza el cuidado. Así, el valor no puede seguir
definiéndose únicamente en función del precio o del mercado. Se necesita una economía que
mida el valor en términos de bienestar colectivo, sostenibilidad ambiental, redistribución del
tiempo y reproducción social.

En este sentido, se propone la creación de un indicador económico que combine métricas
monetarias (como la estimación satelital del trabajo no remunerado) con variables de tiempo,
acceso a derechos laborales y calidad de vida. Este indicador permitiría visibilizar el peso real
del trabajo de cuidados (remunerado y no remunerado) dentro de la economía nacional, así
como su impacto en la equidad de género y en la sostenibilidad del desarrollo.

  1. Hipótesis
    La exclusión del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado de las métricas económicas
    oficiales contribuye a la reproducción de desigualdades de género y limita la capacidad del
    Estado para implementar políticas públicas efectivas de cuidado y redistribución.
  2. Conclusiones
    El debate contemporáneo en torno al cuidado ha permitido visibilizar una de las paradojas
    centrales del capitalismo: la vida, que sustenta toda forma de producción, ha sido
    sistemáticamente excluida de los marcos institucionales que organizan la economía. El
    cuidado en tanto actividad que reproduce y sostiene la existencia humana, ha sido
    históricamente naturalizado, feminizado y relegado a la esfera privada. Que, aun en una
    posición de privilegio, es difícil recibir cuidados para una mujer en un vivir dominado por el
    capitalismo, que se sostiene gracias al mantenimiento gratuito que le da a la fuerza de trabajo.

A la mujer cuidadora se le deshumaniza, solo se le ve como un ente productivo que genera
ganancias fáciles de adjudicar. Es necesario reconocer a las mujeres cuidadoras como seres
humanos que, al igual que cualquier trabajador, buscan satisfacer sus necesidades y merecen
empatía y justicia. Como señala Adam Smith (1759), simpatizamos no por compartir
sentimientos, sino al comprender la situación del otro y ponernos en su lugar. Reconocer la
carga del trabajo reproductivo implica ver su valor real y cuestionar su invisibilización.

Es así que se busca reflexionar y reconocer el papel de la mujer dando un trabajo
reproductivo. Un esfuerzo que da por subsistir y que debe de revalorizarse. Las mujeres
producen el producto más valioso del capitalismo: la fuerza de trabajo, sin recibir salario a
cambio.

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