El intercambio ecológicamente desigual entre América Latina y los EUA en el periodo de2000 a 2022
En las últimas décadas, la interdependencia comercial entre América Latina (AL) y Estados
Unidos (EUA) ha crecido de manera exponencial, consolidando a EUA como el principal
receptor de los recursos naturales de la región latinoamericana. Este patrón de comercio ha
generado una dinámica particular en la que las economías del Sur Global transfieren ingentes cantidades de materiales, energía y trabajo a EUA para la producción de bienes con una alta intensidad de recursos, mientras que a cambio, reciben productos de menor impacto ambiental pero de mayor valor agregado.

TRIMESTRE: 25-P
MÓDULO: XII
INTEGRANTES: Eduardo Colin Flores
Jose Enrique Gabriel Noguera
Angel Eduardo Lopez Espinoza
Alejandro Mecalco Peñaloza
Alan Osbaldo Encarnación López
DOCENTE: Raymundo Vite Cristobal
El siguiente trabajo es realizado por alumnos de la licenciatura en Economía en la Universidad Autónoma Metropolitana-Unidad Xochimilco, cualquier duda o aclaración mandar un correo a: economia@correo.xoc.uam.mx
Índice
Introducción…………………………………………………………………………………………………….3
Capítulo 1: Marco teórico………………………………………………………………………………….…5
1.1. Teorías de intercambio desigual…………………………………………………………………….….5
1.1.1 Modelo de Arthur Lewis………………………………………………………………………………..6
1.1.2 La teoría de la dependencia y el intercambio desigual……………………………………………..6
1.1.3 Intercambio Desigual de Arghiri Emmanuel………………………………………………………….7
1.1.4 Teoría del Sistema-Mundo……………………………………………………………………….…….8
1.1.5 Marxismo Ecológico…………………………………………………………………………………….9
1.2 Enfoques del intercambio ecológicamente desigual…………………………………………………..10
1.2.1 Economía biofísica………………………………………………………………………………………13
1.2.2 “Crítica” interna del sistema (concepcion troyana)………………………………………………….14
1.3. Del Marxismo ecológico al intercambio desigual……………………………………………………..14
1.3.1 Metabolismo social…………………………………………………………………………………….15
1.3.2 Marco teórico de Huella Ecológica……………………………………………………………….….17
1.3.3 Rol metabolismo social y la huella ecológica en el intercambio ecológicamente
desigual ………………………………………………………………………………………………….…….17
Capítulo 2: Metodologías para medir el intercambio desigual…………………………………………….19
2.1 Huella Ecológica…………………………………………………………………………………………..20
2.2 Huella Hídrica………………………………………………………………………………………………21
2.3 Volúmenes de intercambio……………………………………………………………………….………24
2.4 Balanza Comercial Física (BCF) y Flujos de Materiales………………………………………………25
Capítulo 3: Evidencia empírica Estados Unidos y América Latina………………………………………..25
3.1 El metabolismo social y la huella ecológica como claves para develar el intercambio
ecológicamente desigual entre Estados Unidos y América Latina………………………………………..26
3.2 Sectores productivos intensivos en CO2 México y Estados Unidos………………………………….27
3.3 Análisis de la huella ecológica…………………………………………………………………………..28
3.3.1 Reserva Ecológica de EE.UU. vs. América Latina……………………………………………………..34
3.4 Balanza de pagos en el intercambio ecológicamente desigual…………………………………………36
Conclusiones…………………………………………………………………………………………………..41
Bibliografía……………………………………………………………………………………….…………….43
Introducción
En las últimas décadas, la interdependencia comercial entre América Latina (AL) y Estados
Unidos (EUA) ha crecido de manera exponencial, consolidando a EUA como el principal
receptor de los recursos naturales de la región latinoamericana. Este patrón de comercio ha
generado una dinámica particular en la que las economías del Sur Global transfieren ingentes cantidades de materiales, energía y trabajo a EUA para la producción de bienes con una alta intensidad de recursos, mientras que a cambio, reciben productos de menor impacto ambiental pero de mayor valor agregado. Este modelo, analizado por la economía ecológica y la ecología política, revela una profunda desigualdad estructural que no solo perpetúa la dependencia económica, sino que también fomenta la degradación ambiental y la injusticia ecológica en las naciones exportadoras de materias primas y recursos naturales.
Este estudio se enfoca en la magnitud de este fenómeno, abordando la pregunta central
sobre cuál es la magnitud del intercambio ecológicamente desigual entre América Latina y
EUA. La hipótesis que guía esta investigación es que este intercambio se caracteriza por un
elevado flujo neto de materiales y recursos naturales, exportados de AL a EUA. Esto se
traduce en una huella ecológica e hídrica significativamente mayor en los países
latinoamericanos, generando impactos ambientales desproporcionados en la región en
comparación con los beneficios económicos obtenidos. Con el objetivo de analizar esta
magnitud, evaluaremos la huella ecológica, la huella hídrica y el balance de flujos materiales
asociados a las exportaciones de AL hacia EUA. Para ello, se examinan los patrones
comerciales, el impacto social de las exportaciones y el balance de materiales entre las dos
regiones en el periodo comprendido entre 2000 y 2022.
Para lograr este cometido, se ha empleado una metodología mixta, que combina un
análisis cuantitativo y cualitativo. Se recopilaron datos de comercio internacional, huella
ecológica e hídrica, y flujos materiales de diversas fuentes como UN Comtrade, FAOSTAT,
Water Footprint Network y la base de datos de flujos materiales del UNEP. Con esta
información, se cuantificó el volumen y el tipo de bienes primarios exportados, estimando su
huella ecológica e hídrica a través de factores de conversión específicos. Adicionalmente, se
calculó el balance de flujos materiales (exportaciones menos importaciones en toneladas) para
identificar la magnitud del intercambio físico desigual y su relación con los beneficios
económicos.
La estructura de este trabajo se ha dividido en cuatro capítulos. En el primer capítulo, se
establece el marco teórico, revisando las teorías del intercambio desigual y los enfoques del
intercambio ecológicamente desigual. El segundo capítulo se dedica a la metodología,
detallando las herramientas utilizadas para medir el intercambio, como la huella ecológica e hídrica. En el tercer capítulo, se presenta la evidencia empírica que analiza la relación entre el
metabolismo social y la huella ecológica, y se examina el intercambio desigual entre EUA y
AL. Finalmente, el cuarto capítulo ofrece un análisis comparativo y las conclusiones del
estudio. Esta organización busca ofrecer una visión completa y detallada de las implicaciones
ambientales y socioeconómicas del modelo extractivo-exportador en el contexto del
intercambio ecológicamente desigual, proporcionando información valiosa para repensar las
estrategias de desarrollo sostenible y la justicia ambiental en América Latina.
Capítulo 1: Marco teórico
Este capítulo tiene como objetivo principal establecer la base conceptual de la investigación,
explorando las teorías que explican el fenómeno del intercambio desigual y su evolución. Para
ello, se revisarán críticamente diversos enfoques teóricos, desde los modelos económicos
clásicos y las teorías de la dependencia, hasta el marxismo ecológico y los enfoques del
sistema-mundo. La intención es construir un andamiaje teórico sólido que permita comprender
las dinámicas de explotación y desigualdad inherentes al comercio entre el Sur y el Norte
Global, sentando así las bases para la posterior evaluación empírica.
Los componentes que integran este capítulo inician con una revisión de las teorías
tradicionales del intercambio desigual, como las de Arthur Lewis y Arghiri Emmanuel, para
luego profundizar en el marxismo ecológico y el metabolismo social, conceptos que son
cruciales para entender la transferencia de valor y recursos. Se abordarán, de igual forma, los
enfoques más recientes sobre el intercambio ecológicamente desigual. Finalmente, se
analizará el papel de la huella ecológica y el metabolismo social como herramientas analíticas
clave para contextualizar y dar forma al planteamiento del problema, garantizando la
coherencia entre la teoría y la investigación empírica.
1.1. Teorías de intercambio desigual
Las teorías de intercambio desigual explican cómo el comercio internacional perpetúa
asimetrías entre países desarrollados y periféricos. De acuerdo con la CEPAL (1986) y
estudios de la ONU liderados por Prebisch, este fenómeno se consolidó durante la transición
del libre comercio a la era de los monopolios (1870-1936), periodo en que los precios de las
materias primas cayeron 2.2 veces frente a las manufacturas. Esto estableció una tendencia
histórica desfavorable en los términos de intercambio para países en desarrollo, con
oscilaciones cíclicas pero persistentes.
El núcleo teórico fue desarrollado por Arghiri Emmanuel (1972), quien aplicó la
economía política marxista para demostrar que, tras la aparente igualdad comercial, opera un
mecanismo estructural de explotación. Su análisis identifica dos pilares clave:
Brecha salarial global: Los salarios (fijados por factores políticos e históricos, no por
productividad) crean una transferencia encubierta de valor desde países pobres hacia ricos.
Igualación de tasas de ganancia: Cuando naciones con salarios dispares comercian, la
búsqueda de ganancias iguales concentra riqueza en los países desarrollados.
Esta visión contrasta con la teoría neoclásica (Floto, 1989), que sostiene que el
comercio es mutuamente beneficioso incluso con técnicas productivas idénticas, atribuyendo
las disparidades a diferencias en la demanda o movilidad de bienes.
Autores latinoamericanos aplicaron el enfoque:
Óscar Braun (1981) destacó asimetrías institucionales y tecnológicas que fuerzan a América
Latina a una especialización regresiva en materias primas.
André Gunder Frank (1967) argumentó que el subdesarrollo es resultado (no etapa) del
capitalismo global, donde el intercambio desigual extrae excedentes periféricos para financiar
la acumulación central.
1.1.1 Modelo de Arthur Lewis
En 1954 Arthur Lewis desarrolló un modelo económico, en donde se comprende la
transformación estructural en las economías en desarrollo. Lewis plantea que estas economías
están compuestas por dos sectores claramente diferenciados: un sector tradicional o de
subsistencia, caracterizado por una productividad marginal del trabajo casi nula y una
abundante oferta de mano de obra, y un sector moderno o capitalista, que emplea capital
reproducible y ofrece salarios superiores para atraer trabajadores. Rivadeneira (2023)
El motor del crecimiento económico, según Lewis, es la migración de trabajadores
desde el sector tradicional hacia el sector moderno, motivada por la diferencia salarial. Los
beneficios generados en el sector capitalista se reinvierten para expandir la capacidad
productiva, lo que permite absorber más mano de obra y fomentar el desarrollo industrial. Este
proceso continúa hasta que se agota la oferta ilimitada de trabajo del sector tradicional,
momento en el cual los salarios empiezan a aumentar y la economía entra en una nueva fase
de desarrollo con pleno empleo. Lewis resalta la importancia de la industrialización y de las
transformaciones estructurales internas, así como el papel activo del Estado en la planificación
y promoción del ahorro e inversión nacional, para crear las condiciones que permitan
aprovechar la abundante mano de obra y acelerar el crecimiento económico en países
subdesarrollados. Lewis (2024)
Este modelo desafía los supuestos neoclásicos al considerar que existe un excedente
de mano de obra con productividad marginal cero, lo que posibilita el crecimiento sin
presiones inflacionarias salariales en las primeras etapas del desarrollo. Por ello, el modelo de
Lewis es considerado una de las bases fundamentales de la teoría moderna del desarrollo
económico y ha tenido gran influencia en la formulación de políticas para países en vías de
desarrollo. Lewis (2024)
1.1.2 La teoría de la dependencia y el intercambio desigual
La teoría del intercambio desigual y la dependencia estructural se articulan como críticas
fundamentales a los enfoques neoclásicos del comercio internacional. Mientras Floto Edgardo
(1989) señala que la teoría neoclásica defiende la rentabilidad del comercio incluso entre
países con técnicas productivas idénticas (atribuyendo las ganancias a diferencias en la
demanda o dotación de factores, sin requerir inmovilidad de factores), la evidencia empírica
expuesta por Cristobal Kay (1998) refuta esta visión de convergencia. Los datos demuestran
que la brecha centro-periferia se profundizó drásticamente: el ingreso per cápita del centro
pasó de ser 5 veces mayor que el de las economías latinoamericanas más ricas en 1978 (y 12
veces mayor que las más pobres), a 7 y 30 veces respectivamente en 1995. Esta divergencia,
exacerbada durante la crisis de deuda de los 80 y los programas de ajuste estructural, válida la
tesis dependentista de que el sistema capitalista global reproduce asimetrías inherentes.
En perspectiva de Furtado Celso (1971) Este modelo se sustenta en una
especialización periférica donde los países se insertan en la división internacional del trabajo
mediante ventajas comparativas estáticas (recursos naturales, agricultura, minería), generando aumentos de productividad que no se traducen en mejoras salariales para la población
mayoritaria. Paralelamente, la industrialización por sustitución de importaciones acentúa la
distorsión productiva: al replicar localmente bienes de lujo demandados por las élites, se
adoptan técnicas capital-intensivas propias de economías avanzadas, inadecuadas para
contextos con excedente laboral.
Estos mecanismos configuran un círculo vicioso de dependencia: el crecimiento de la
productividad en sectores exportadores y sustitutivos amplía el consumo elitista; dicha
diversificación imitativa de patrones consolida el uso de tecnologías intensivas en capital;
finalmente, la concentración del progreso técnico en segmentos minoritarios profundiza la
desigualdad y el dualismo estructural.
Si bien políticas fiscales e inversión pública podrían corregir estas distorsiones, en
Latinoamérica la acción estatal no sólo fracasa en revertir las tendencias básicas, sino que
frecuentemente las agrava mediante subsidios a industrias especializadas en bienes
especializados, consolidando así la asimetría global.
El estructuralismo de Prebisch/CEPAL (según Katz, 1989) ofrece una interpretación
alternativa, aunque reformista. Su evolución teórica en tres fases (industrialización (1940s),
desigualdad interna (1960s) y gestión del excedente con cooperación internacional (1970s))
buscó soluciones dentro del sistema, combinando empirismo y factores de demanda. No
obstante, la teoría de la dependencia, fusionando marxismo con el diagnóstico de Prebisch,
rechaza este enfoque pragmático. Sostiene que el intercambio desigual es un mecanismo
estructural de dominación: el centro extrae plusvalía de la periferia mediante salarios bajos y
explotación de recursos, haciendo que su desarrollo dependa del subdesarrollo periférico. Por
ello, propone una ruptura radical con el capitalismo global, descartando reformas graduales.
Así lo muestra Osorio Jaime (2017) que asegura que la ruptura del ciclo del capital en
economías dependientes explica los bajos salarios y el débil consumo interno. La
superexplotación laboral (apropiación del fondo de consumo obrero para convertirlo en fondo
de acumulación) es el pilar de esta reproducción, facilitada por:
A. Abundancia de mano de obra
B. La propia dinámica del ciclo capitalista periférico.
Un ejemplo de lo antes mencionado es el caso de México se observó que el salario
mínimo en 2016 fue de 73.04 pesos diarios, lo que da un salario mensual aproximado de
2,191.20. mientras que un televisor de pantalla plana estándar en promedio cuesta alrededor de
3,000 pesos. Aunque se elevarán un 100% su salario que quedaría a un ingreso aproximado de
4,400 pesos, esto significa que un trabajador utilizará el 70% de su salario para comprar un
televisor. Demostrando cómo la superexplotación transfiere recursos del consumo obrero a la
acumulación capitalista.
1.1.3 Intercambio Desigual de Arghiri Emmanuel
La teoría del intercambio desigual, desarrollada por Arghiri Emmanuel en 1962, es una
explicación marxista sobre las relaciones comerciales internacionales entre países
desarrollados (centro) y subdesarrollados (periferia). Emmanuel parte del análisis de las
diferencias en las tasas de explotación y los salarios reales entre naciones, para mostrar cómo
estas disparidades generan un intercambio comercial inherentemente desigual.
Según Emmanuel, la tasa de ganancia tiende a igualarse a nivel mundial debido a la
libre movilidad del capital, pero los salarios reales varían significativamente por razones
históricas y sociológicas. En los países periféricos, los salarios se mantienen cerca del nivel de
subsistencia, mientras que en los países centrales son hasta veinte o treinta veces mayores.
Esta diferencia salarial provoca que las mercancías producidas en la periferia, con bajo costo
laboral, se intercambien por debajo de su valor real, mientras que las mercancías del centro se
venden por encima de su valor. Este fenómeno implica una transferencia neta de valor desde
los países subdesarrollados hacia los desarrollados, lo que contribuye al desarrollo económico
del centro a costa del subdesarrollo de la periferia. Emmanuel utiliza esquemas de
reproducción marxistas para demostrar que esta desigualdad en los precios de intercambio no
es resultado de la competencia imperfecta, sino de la estructura institucional que sostiene
diferentes tasas de explotación en distintas regiones. L. Bernal (1985).
Además, Emmanuel critica directamente la premisa neoclásica de que las diferencias
de precios relativos reflejan únicamente la productividad marginal de los factores,
argumentando que estas diferencias son en realidad la expresión de un poder estructural que se
ejerce a través de instituciones internacionales y la histórica imposición de condiciones
comerciales desiguales (Emmanuel, 1972; Bernal, 1985). Su planteamiento subraya que la
desigualdad salarial internacional no es un residuo accidental del capitalismo, sino un
requisito funcional para mantener la rentabilidad diferencial y sostener los patrones de
consumo del centro. Asimismo, la transferencia continua de valor hacia el Norte genera
efectos acumulativos sobre la balanza comercial de los países periféricos, que enfrentan
déficits persistentes, presión para endeudarse y una pérdida progresiva de su capacidad de
inversión productiva interna (Rizzardi, 2021). Esta perspectiva refuerza la idea de que el
intercambio desigual constituye un mecanismo sistémico de reproducción del subdesarrollo y
no un problema coyuntural susceptible de resolverse con reformas parciales.
1.1.4 Teoría del Sistema-Mundo
De acuerdo con Jaime Osorio, el sistema-mundo es una zona de espacio temporal que
atraviesa múltiples unidades políticas y culturales, una que representa una zona integrada de
actividad e instituciones que obedecen a ciertas reglas sistemáticas. Immanuel Wallerstein
define el sistema-mundo moderno como una economía-mundo capitalista, que se caracteriza
por, una amplia zona geográfica con división del trabajo, un intercambio significativo de
bienes esenciales, capital y trabajo, la existencia de múltiples uniandes políticas dentro de la
economía-mundo, tenuemente vinculados en un sistema interestatal, no limitado a un solo
estado o estructura política unitaria.
Emmanuel también argumenta que este mecanismo se refuerza con el comercio
intra-industrial y la internacionalización de las cadenas de valor, ya que la periferia provee
insumos y partes intermedias a bajo coste laboral, mientras que el centro capta la mayor
proporción de valor agregado en las etapas de diseño, ensamblaje final y comercialización
(Rizzardi, 2021). Asimismo, esta lógica contribuye a un déficit estructural en la balanza
comercial de muchos países periféricos, que deben compensar la salida de divisas mediante
endeudamiento externo o sobreexplotación de recursos naturales. Esta perspectiva cuestiona
los supuestos neoclásicos de ganancias mutuas, al demostrar que la desigualdad salarial internacional y la estructura institucional del comercio consolidan un orden global que transfiere excedentes económicos del Sur al Norte (Emmanuel, 1972; L. Bernal, 1985).
Por otra parte, Arghiri Emmanuel aclara que este intercambio desigual no sólo refleja
una cuestión de precios relativos, sino que es el resultado de un sistema global de acumulación
que descansa en la reproducción de salarios diferenciales. Esta condición se mantiene
mediante mecanismos institucionales y políticos que impiden la convergencia salarial entre el
centro y la periferia, asegurando que los bienes producidos con fuerza de trabajo barata
puedan ser adquiridos por los consumidores del Norte a precios artificialmente bajos. Según
Rizzardi (2021), esto convierte la brecha salarial en un factor estructural que sostiene la
competitividad internacional de los países desarrollados, y genera un flujo constante de valor
que alimenta su expansión económica a costa de la periferia. Así, el intercambio desigual
descrito por Emmanuel debe entenderse como un mecanismo central de la economía-mundo
capitalista, inseparable de la lógica de acumulación global.
Organizada en áreas diferentes, como, Centro “Procesos productivos monopolizados”
Semiperiferia “Características mixtas” Periferia “Mayor competencia y libre mercado”
(Osorio, n.d.)
1.1.5 Marxismo Ecológico
El artículo parte de la crisis ecológica global (cambio climático, agotamiento de recursos,
degradación ambiental) y la relaciona directamente con las bases del modo de producción
capitalista, sugiriendo que la crisis ambiental es inseparable de la lógica de acumulación y
reproducción del capital. Se plantea que la teoría marxista es fundamental para analizar la
crisis ecológica y que existe una tendencia creciente tanto en el marxismo como en el
ambientalismo a incorporar perspectivas anticapitalistas y ecológicas en sus análisis y
prácticas políticas
Marx y Engels no veían una separación entre humanidad y naturaleza; el ser humano
es parte de la naturaleza y depende de ella para su existencia y desarrollo. Marx, influenciado
por Epicuro, Liebig y Darwin, desarrolló una visión materialista y dialéctica de la naturaleza,
incorporando la idea de metabolismo social entre sociedad y naturaleza. En la producción de
valores de uso, la naturaleza es tan fundamental como el trabajo humano. La riqueza material
depende tanto del trabajo como de las condiciones naturales (fertilidad del suelo, recursos
naturales, etc.)
El capitalismo genera una separación histórica entre el ser humano y su entorno
natural, especialmente a través del proceso de acumulación originaria y la división
campo-ciudad. Esto lleva a la fractura metabólica: una ruptura en el intercambio entre
sociedad y naturaleza causada por la producción capitalista. Marx analizó cómo el capitalismo
degrada simultáneamente la fuerza de trabajo y la tierra. La agricultura capitalista, orientada al
valor de cambio, agota el suelo y genera crisis ecológicas. El concepto de “fractura
metabólica” describe esta ruptura en el intercambio natural-social. El capitalismo necesita
expandir constantemente el mercado y crear nuevas necesidades, lo que implica una
apropiación y explotación creciente de la naturaleza a escala planetaria. La naturaleza se
convierte en objeto de explotación para el beneficio económico, perdiendo su carácter
autónomo.
Para Marx, el comunismo representa la superación de la alienación entre humanidad y
naturaleza. En una sociedad comunista, la tierra no es propiedad privada sino un bien común a
ser transmitido mejorado a las futuras generaciones, anticipando el concepto moderno de
sustentabilidad.
Por su parte John Bellamy Foster (2000) profundiza en el concepto de “fractura
metabólica”, donde para él, el capitalismo interrumpe los flujos metabólicos entre sociedad y
naturaleza al transformar procesos naturales cíclicos en circuitos lineales de extracción,
producción y desecho. Esta disociación aumenta en las regiones periféricas del sistema
capitalista mundial, como América Latina, donde la explotación de recursos naturales
(orientada al mercado internacional) genera un “metabolismo ecológico” insostenible. La
fractura no es sólo ecológica, sino también social y territorial, pues provoca aumento en la
desigualdad en la distribución de los impactos ambientales.
El trabajo de Pérez (2006) señala que la Economía Ecológica (EE), como enfoque
crítico, ha cuestionado severamente la supuesta relación beneficiosa entre comercio y
ambiente. Esta crítica se articula en torno a dos efectos fundamentales: el efecto escala y el
efecto equidad (intercambio ecológicamente desigual).
En primer lugar, la liberalización comercial actúa como un motor clave del efecto
escala: al impulsar el crecimiento económico global, incrementa masivamente el flujo de
recursos materiales y energéticos extraídos de la naturaleza en un planeta de recursos finitos,
acelerando así el deterioro ambiental a nivel mundial.
En segundo lugar, el comercio internacional no es un juego de suma positiva
ambiental. Se caracteriza por un intercambio ecológicamente desigual entre el Norte, que
importa grandes volúmenes de recursos materiales y energéticos, y el Sur global, que exporta
estos bienes naturales e importa manufacturas y conocimiento. Esta relación es
intrínsecamente desigual porque:
- No se internalizan los costos ambientales ni el agotamiento del patrimonio natural en
los países exportadores del Sur. - Las relaciones de intercambio (precios) son sistemáticamente desfavorables para los
exportadores de materias primas. - Mecanismos como los precios, la inversión extranjera directa, el crédito externo y, en
casos extremos, la intervención militar, facilitan esta transferencia neta de recursos hacia el
Norte, sustentando su metabolismo socioeconómico.
Esta crítica se fundamenta en una visión metabólica de la sociedad: la economía
humana es vista como un sistema que extrae materiales y energía de la naturaleza, los
transforma mediante procesos económicos, y genera residuos y emisiones. Bajo esta
perspectiva, la verdadera sostenibilidad depende críticamente de la escala física (el tamaño
absoluto) que ocupa la economía dentro de los límites de la biosfera.
1.2 Enfoques del intercambio ecológicamente desigual
El concepto de intercambio ecológicamente desigual se desarrolla para tratar de explicar las
asimetrías materiales y energéticas entre el norte y el sur global comenzó a estudiarse en las
décadas de 1970 y 1980 como respuesta a los límites del análisis del comercio internacional,
que ignoraba los impactos biológicos y físicos del intercambio. A diferencia de la teoría
clásica del comercio basada en las ventajas comparativas, el intercambio ecológicamente desigual plantea que los países del Sur exportan bienes primarios intensivos en recursos
naturales y energía como minerales, combustibles fósiles, productos agrícolas y maderas a
precios relativamente bajos, mientras importan bienes manufacturados de mayor valor
agregado. Esto genera un flujo de recursos y trabajo incorporado hacia los países del Norte,
provocando que continúen las relaciones de dependencia económica y degradación ecológica
en el Sur (Hornborg, 1998; Bunker, 1985).
Autores como Joan Martínez-Alier han sido fundamentales para consolidar este
análisis dentro de la ecología política en Latinoamérica ya que sostiene que el comercio
internacional actúa como un mecanismo de transferencia oculta de costos ecológicos, en el
que las regiones periféricas se especializan en actividades extractivas altamente contaminantes
y con grandes impactos socioambientales asumiendo los costos de la degradación ambiental,
la pérdida de biodiversidad y el agotamiento de recursos, sin recibir una compensación justa
estos daños constituyendo una forma de “colonialismo ecológico” (Martínez-Alier, 2002).
Según el autor Dorninger (2021), América Latina ha mantenido un saldo ecológico
negativo persistente en su comercio internacional, exportando más recursos naturales y
energía de los que importa, haciendo notar la dependencia estructural en el sistema capitalista
como proveedor de materias primas esto se agudizó durante el “boom de los commodities”
entre 2003 y 2013, cuando la alta demanda de recursos por parte de China y Estados Unidos
intensificó la extracción en América Latina, aumentando los conflictos socioambientales y
formas de despojo (Ocampo, 2017).
Existen diversos enfoques para interpretar las asimetrías en el flujo de recursos y
daños ambientales en la economía global. Uno de ellos es el planteado por Rice (2007), quien
analiza el fenómeno desde la teoría del mundo-sistema y el metabolismo socioeconómico.
Según este autor, los países industrializados utilizan de manera desproporcionada los recursos
naturales y externalizan los daños ambientales hacia los países periféricos, reproduciendo así
una relación estructural basada en la explotación de la “capacidad ambiental” de estos últimos
(Rice, 2007). Por su parte, Oulu (2016) desarrolla una síntesis clara de esta teoría al destacar
que el intercambio ecológicamente desigual descansa en tres elementos clave: la estructura
expansionista del capitalismo global, la valoración monetaria que invisibiliza la relación entre
los flujos de materia y energía, y la necesidad de garantizar principios de equidad y justicia
ambiental para revertir esta dinámica.
Martínez (2011) introduce el concepto de ‘dumping ecológico’ refiriéndose a la
comercialización de productos cuyos precios no internalizan los costos ambientales, como
daños ecológicos o agotamiento de recursos. Este fenómeno no se limita al comercio
Sur-Norte; también ocurre en sentido inverso. Un ejemplo claro son las exportaciones
agrícolas subsidiadas de EE.UU. o Europa hacia el Sur global, cuyos precios artificialmente
bajos omiten compensaciones por:
- Contaminación hídrica y de suelos por plaguicidas
- Pérdida de biodiversidad
- Uso intensivo de energía barata
Asimismo, industrias extractivas como la diamantífera en África generan impactos
socioambientales no contabilizados. Las comunidades afectadas, empobrecidas y sin poder
político, carecen de capacidad para exigir mejores estándares ambientales o de salud.
Los modelos económicos clásicos, independientemente de sus fundamentos,
comparten una limitación crítica: excluyen sistemáticamente las externalidades de los precios.
Esta omisión persiste ya sea por la imposibilidad matemática de cuantificar preferencias
subjetivas (‘preferencias inescrutables’) o por dinámicas de poder estructuralmente injustas.
Esta falla teórica agrava un fenómeno observable: el deterioro de los términos de intercambio
en economías basadas en extracción de recursos. Para afrontar pagos de deuda externa y
financiar importaciones esenciales, estos países intensifican la sobreexplotación de sus
recursos naturales. Este comportamiento no es coyuntural, sino una tendencia estructural que
genera una paradoja: el volumen físico de las exportaciones (medido en toneladas) crece más
rápido que su valor económico, profundizando la subvaloración de los recursos y la
dependencia.
El concepto de intercambio ecológicamente desigual se fundamenta teóricamente en
dos pilares interconectados:
- Sustenta la reclamación de la deuda ecológica acumulada por el Sur Global.
- Evidencia la apropiación desproporcionada de capacidad ambiental por parte de países
ricos.
La convergencia de ambos aspectos permite cuantificar monetariamente la deuda
ecológica a través de tres componentes esenciales:
- Costos de reposición no internalizados: Gastos asociados a la regeneración o gestión sostenible de recursos exportados (ej.: pérdida de nutrientes del suelo en agroexportaciones).
- Costos por escasez futura: Valor económico de recursos agotados irreversiblemente (ej.: reservas de petróleo, minerales no renovables, biodiversidad extinguida).
- Costos de remediación no compensados: Incluyen:
- Reparación de daños por contaminación derivada de exportaciones (ej.: emisiones tóxicas de fundiciones de cobre, relaves mineros).
- Compensación por afectaciones a la salud o ecosistemas (ej.: contaminación hídrica por minería aurífera, enfermedades en trabajadores florícolas).
- Valor presente de daños irreversibles.
También se señalan las principales contradicciones del capitalismo vinculadas al
imperialismo ecológico, retomando planteamientos de Marx. En su análisis, la acumulación de
capital opera como un proceso autosostenido: el excedente generado en una fase se convierte
en la base de inversión para la siguiente etapa. Este crecimiento constante incrementa la
demanda global de recursos. Como consecuencia, las naciones centrales expanden su deterioro
ecológico no solo al agotar sus propias reservas materiales y energéticas, sino también las
otras naciones
Así mismo los ciclos de deuda y las intervenciones militares mantienen las
desigualdades globales, mientras el Sur continúa subsidiando al Norte en términos de mano de
obra, mercancías y recursos naturales. Se genera la hipótesis que afirman que las fuerzas
imperialistas imponen regímenes socio-ecológicos de producción al mundo, profundizando la
división antagónica entre ciudad y campo. los agroecosistemas son reestructurados y
remodelados de manera “racional” y sistemáticamente para intensificar, no solo la producción
de alimentos y fibra, sino la acumulacion de riqueza personal por parte de burguesías
compradoras y capital monopolista (Foster John, 2004)
A nivel empírico, estudios como el de Jorgenson, Austin y Dick (2009) han
demostrado que, en los países menos desarrollados, la intensificación de las exportaciones de
productos primarios hacia los países centrales contribuye a la deforestación y al crecimiento de la huella ecológica. Esto evidencia que las ventajas comerciales para el Norte global tienen
como contraparte una degradación ambiental significativa en el Sur global. Asimismo,
Jorgenson (2006) concluye que esta relación contribuye a intensificar la presión sobre los
bosques tropicales, consolidando un patrón de explotación ambiental marcado por asimetrías
estructurales.
Desde una perspectiva crítica latinoamericana, Peinado (2015) destaca que el
intercambio ecológicamente desigual visibiliza los flujos ocultos en el comercio internacional
e invita a cuestionar tanto el modelo neoliberal como el neoextractivismo, al denunciar que
estos no contabilizan los costos ambientales que quedan relegados a las comunidades y
territorios del Sur global. Finalmente, Warlenius (2016) vincula esta discusión con el concepto
de deuda ecológica, al introducir la categoría de la “apropiación desigual de sumideros” para
representar la responsabilidad histórica de los países industrializados en la acumulación de
emisiones y otros daños al ambiente. Con ello, plantea que para alcanzar una verdadera
justicia ambiental y climática es necesario considerar no sólo la distribución actual de
beneficios económicos, sino también la apropiación histórica de la capacidad de absorción de
la biosfera.
1.2.1 Economía biofísica
Este enfoque cuestiona el problema fundamental de la economía predominante: su
desconexión con la base material del proceso económico. Critica su focalización casi
exclusiva en el funcionamiento de los mercados y el intercambio comercial, descuidando los
flujos físicos que los sustentan.
Sus raíces se remontan al fisiócrata François Quesnay y sus discípulos (siglo XVIII),
quienes identificaron los recursos naturales como principio rector del desarrollo económico,
destacando la tierra como fuente de riqueza material y advirtiendo sobre los límites físicos de
la productividad agrícola. Posteriores contribuciones ampliaron esta perspectiva:
- El sociólogo Fred Cottrell enfatizó el papel esencial del excedente energético en las dinámicas comunitarias y su complementariedad con el trabajo humano.
- Nicholas Georgescu-Roegen fundamentó la necesidad de integrar procesos físicos, químicos y biológicos en el análisis económico.
- Peter Turchin añadió una dimensión temporal, señalando que los ciclos de crecimiento sostenible requieren aproximadamente 100 años, incluyendo fases de estancamiento (50-60 años) y recesión (20-40 años) (Yan et al., 2019).
Una de las definiciones propuestas de este enfoque economico refiere a que estudia la relación
entre el sistema económico y el medio natural, enfatiza que la economía depende de flujos
continuos de energía y recursos materiales, sujetos a las leyes de termodinámica, su principal
objetivo es evaluar la viabilidad y sostenibilidad de los sistemas económicos, considerando
límites biofísicos priorizando la reproducción social y bienestar humano sobre el crecimiento
ilimitado,, por otro lado se considera que, en la generación de políticas, deben tenerse en
cuenta los efectos permanentes asociados a ciertas decisiones y proceder con cautela a la hora
de aplicar medidas concretas, debido a que no se puede ignorar que los sistemas económicos
están en constante cambio . (Ramos Martin, 2012)
1.2.2 “Crítica” interna del sistema (concepcion troyana)
Dentro de esta corriente se pueden observar contribuciones que no cuestionan las relaciones
económicas y políticas dominantes, su propósito para resolver las crisis ambientales del
planeta no buscan modificar el sistema económico actual ni las relaciones globales de poder,
económicas y de mercado existentes.
Se atribuye una idea de capitalismo verde que es una estrategia del sistema capitalista
para enfrentar las crisis ambientales y climáticas sin alterar sus bases estructurales de
acumulación, crecimiento infinito y explotación de recursos. Se presenta como una evolución
del concepto de desarrollo sostenible donde se opera como un dispositivo que mercantiliza la
naturaleza, convirtiendo funciones ecológicas en “servicios ambientales” transables en
mercados financieros (Larry Lohman, 2012)
Los principales exponentes de esta agenda son corporaciones transnacionales,
instituciones financieras globales, gobiernos de países industrializados y organismos
multilaterales, junto a sectores del ambientalismo corporativo que legitiman estas prácticas.
Los principios del capitalismo verde surgen como una respuesta del sistema capitalista
a la crisis ecológica global, fundamentándose en tres ejes interconectados. Primero, implica el
reconocimiento explícito de los límites socioambientales del modelo tradicional: admite que la
producción ilimitada de mercancías, el agotamiento de recursos naturales y la contaminación
descontrolada (como el cambio climático y la pérdida de biodiversidad) amenazan la
supervivencia del propio sistema, una conciencia impulsada por diagnósticos científicos como
Los límites del crecimiento (1972) del Club de Roma. Segundo, establece un imperativo ético
y político que obliga a investigar e implementar soluciones mediante acuerdos internacionales
(Protocolo de Kyoto, Cumbre de la Tierra de 1992) y políticas estatales, priorizando la
cooperación global y regulaciones ambientales para alcanzar un “desarrollo sostenible”
definido en el Informe Brundtland (1987). Tercero, promueve acciones prácticas basadas en
innovación tecnológica y mercados “verdes”: fomenta energías renovables (eólica, solar),
movilidad eléctrica, productos “ecológicos” (orgánicos o biodegradables) y mecanismos
financieros como los bonos de carbono, donde se comercia con derechos de emisión de CO₂ o
se monetizan servicios ecosistémicos (por ejemplo, bosques como sumideros de carbono).
(Alejandro Aguilar, 2024)
1.3. Del Marxismo ecológico al intercambio desigual
La fractura metabólica identificada por Marx y desarrollada por Foster (2000) como una
ruptura en los ciclos naturales bajo el capitalismo, adquiere dimensiones globales en el análisis
del intercambio ecológicamente desigual. Este vínculo surge al reconocer que la
externalización de costos ambientales hacia la periferia es un mecanismo estructural del
capitalismo para “reparar” temporalmente su fractura metabólica interna. Como señalan Foster
y Clark (2020), “el metabolismo roto en el centro industrial se reconstituye mediante la
apropiación de los sistemas ecológicos del Sur, transformando la fractura local en un
desequilibrio planetario” .
Esta transición teórica se evidencia en cómo la Economía Ecológica Radical
reinterpreta la fractura metabólica: mientras Marx analizó el agotamiento del suelo inglés por
la agricultura capitalista, autores como Rice (2015) demuestran que hoy esta lógica opera mediante flujos transnacionales de materiales. El Norte global compensa su déficit metabólico mediante:
- Importaciones de baja entropía (materias primas, energía) desde el Sur.
- Exportación de alta entropía (desechos, contaminación) hacia territorios periféricos.
Así, el intercambio ecológicamente desigual emerge como la expresión geopolítica de la fractura metabólica, donde la deuda ecológica acumulada por el Norte (Warlenius, 2016) es el resultado histórico de convertir a América Latina en una “zona de sacrificio” metabólico (Martínez-Alier, 2002). Como sintetiza Andrade (2023): “La raíz de la asimetría Norte-Sur no está en el comercio, sino en la necesidad capitalista de ocultar la ruptura metabólica trasladando sus costos a los cuerpos y territorios del Sur”.
1.3.1 Metabolismo social
El concepto de metabolismo social surge de una analogía con la biología, este se aplica al
estudio de las sociedades humanas para poder describir los flujos materiales y energéticos
necesarios y representa el conjunto de procesos en los cuales una sociedad extrae recursos
naturales del entorno, los transforma a través de actividades productivas y los devuelve como
residuos, esto como un ciclo continuo que permite sostener la estructura económica y social
(Fischer-Kowalski & Haberl, 2007) y permite cuantificar y analizar el impacto de las
sociedades sobre el ecosistema, y a su vez, visibilizando las desigualdades globales en el uso
de la naturaleza.
No todas las sociedades tienen el mismo metabolismo: mientras los países
industrializados presentan un metabolismo excesivo en energía fósil y materiales, las
economías del Sur global, como las latinoamericanas son proveedores de flujos de materiales
primarios, reforzando el patrón extractivista. Por lo que el metabolismo social no es neutral ni
simétrico, sino que visibiliza las relaciones de poder, clase y geopolítica (Martínez-Alier,
2009). También autores como Dorninger (2021) argumentan que el análisis del metabolismo a
escala internacional nos permite evidenciar el intercambio ecológicamente desigual, al mostrar
cómo los países del Norte mantienen un “metabolismo expansivo” debido a la importación
neta de los recursos extraídos y transformados en otras regiones.
Los autores Gonzalez de Molina y Toledo (2011) consideran que la estructura
metabólica de la aparece como la integración de cuerpos hídricos (uno contenido en el otro):
transformado por los cinco procesos materiales (números) y el que conforma el conjunto de
dimensiones intangibles (letras) -Figura 1.. La primera dimensión son procesos materiales
identificables y cuantificables, mientras la segunda se encuentran dimensiones cognitivas,
simbólicas, institucionales, jurídicas, tecnológicas, etc.
Figura 1. Estructura metabólica de la sociedad

También el entender las relaciones recíprocas, dinámicas y complejas de las diferentes
sociedades y natuleza: hace posible que exista un análisis como un proceso, identificar
fracciones (o proporciones de este) e incluso adoptar una visión totalizadora.
De este modo se puede contemplar un análisis tridimensional, que puede ser analizado en
función de escala espacial, la temporalidad y la dimensión. En la figura 2 se ilustran cinco
ejemplos hipotéticos, cada uno en una posición diferente de los aspectos mencionados.
Figura 2. Metabolismo social tridimensional

1.3.2 Marco teórico de Huella Ecológica
Iván Francisco Gachet Otáñez, en su obra “La huella ecológica: teoría, método y tres
aplicaciones al análisis económico” (2002), aborda la huella ecológica como un indicador de
sustentabilidad fuerte que permite medir la capacidad ecológica que países con abundantes
recursos naturales, como Ecuador, exportan a países desarrollados que han sobrepasado su
capacidad ecológica doméstica. Señala que el elevado nivel de consumo material de los países
desarrollados genera una deuda ecológica con los países en desarrollo, dado que se apropian
de su capacidad ecológica sin compensación, comprometiendo el bienestar futuro de sus
habitantes. Gachet Otáñez utiliza como caso de estudio la huella ecológica de las
exportaciones de banano ecuatoriano, destacando su importancia económica y su mercado
principal en países desarrollados, para ilustrar cómo se puede cuantificar esta deuda ecológica
mediante aplicaciones económicas del indicador
La Huella Ecológica cuantifica la superficie biológicamente productiva necesaria para
sostener la producción de bienes exportados e importados. Esta metodología ha sido clave
para revelar cómo países desarrollados, como Estados Unidos, externalizan su carga ecológica
a regiones exportadoras del Sur Global. Un ejemplo concreto es el caso de la exportación de
carne bovina desde Brasil hacia Estados Unidos. Estudios han demostrado que una porción
significativa de esta carne proviene de áreas deforestadas en la Amazonía (especialmente en
los estados de Mato Grosso y Pará), donde grandes extensiones de bosque han sido
transformadas en pastizales para atender la demanda internacional. La organización Trase
(2020) estima que más del 20% de las exportaciones brasileñas de carne a EUA están
asociadas directa o indirectamente a la deforestación, lo que refleja una huella ecológica
importada que no aparece en los balances comerciales tradicionales.
1.3.3 Rol metabolismo social y la huella ecológica en el intercambio ecológicamente desigual
El metabolismo social y la huella ecológica revelan el intercambio ecológicamente desigual
entre el Norte y el Sur global. El metabolismo social muestra cómo las sociedades organizan
la extracción y transformación de recursos para satisfacer sus necesidades económicas,
evidenciando la mayor capacidad de acaparamiento de recursos del Norte. Esto lleva a la
externalización de la extracción de materias primas y los daños ambientales hacia el Sur,
permitiendo el crecimiento económico del Norte a costa de otros territorios. La huella
ecológica mide la superficie de ecosistemas necesarios para mantener el nivel de vida y
producción de cada país, mostrando que la huella del Norte excede su biocapacidad, mientras que el Sur se ve presionado a expandir la frontera extractiva. Este patrón consolida la
dependencia estructural y la transferencia de cargas ambientales desde la periferia hacia el
centro.
El metabolismo social y la huella ecológica revelan la asimetría en la apropiación de
recursos. Estos conceptos fundamentan la crítica al intercambio ecológicamente desigual,
mostrando cómo el crecimiento del Norte se basa en la degradación ambiental y la
vulnerabilidad social del Sur. Así, contribuyen a la argumentación de que la distribución de
riqueza y la responsabilidad ambiental global siguen estando definidas por la dominación e
inequidad (Martínez-Alier, 2002).
Diversos enfoques interpretan las asimetrías en el flujo de recursos y daños
ambientales en la economía global. Rice (2007) lo analiza desde la teoría del mundo-sistema y
el metabolismo socioeconómico, mostrando cómo los países industrializados explotan los
recursos naturales y externalizan los daños ambientales hacia los países periféricos. Oulu
(2016) sintetiza esta teoría, destacando que el intercambio ecológicamente desigual se basa en
la estructura expansionista del capitalismo global, la valoración monetaria que oculta la
relación entre los flujos de materia y energía, y la necesidad de garantizar equidad y justicia
ambiental para revertir esta dinámica.
Estudios como el de Jorgenson, Austin y Dick (2009) demuestran que la
intensificación de las exportaciones de productos primarios desde países menos desarrollados
hacia los centrales contribuye a la deforestación y al crecimiento de la huella ecológica. Esto
evidencia que las ventajas comerciales del Norte global tienen como contraparte una
degradación ambiental significativa en el Sur global. Jorgenson (2006) concluye que esta
relación intensifica la presión sobre los bosques tropicales, consolidando un patrón de
explotación ambiental marcado por asimetrías estructurales.
Desde una perspectiva crítica latinoamericana, Peinado (2015) destaca que el
intercambio ecológicamente desigual visibiliza los flujos ocultos en el comercio internacional
e invita a cuestionar el modelo neoliberal y el neoextractivismo, que no contabilizan los costos
ambientales que recaen en las comunidades y territorios del Sur global. Warlenius (2016)
vincula esta discusión con la deuda ecológica, introduciendo la categoría de la “apropiación
desigual de sumideros” para representar la responsabilidad histórica de los países
industrializados en la acumulación de emisiones y otros daños al ambiente. Para alcanzar una
verdadera justicia ambiental y climática, es necesario considerar no sólo la distribución actual
de beneficios económicos, sino también la apropiación histórica de la capacidad de absorción
de la biosfera.
Entendiendo el significado y las diferentes teorías del intercambio desigual, se indaga
en cómo se cuantifica el intercambio desigual entre América Latina y Estados Unidos, así
como mostrar el contraste al confirmar las teorías antes mencionadas.
Capítulo 2: Metodologías para medir el intercambio desigual.
El objetivo de este capítulo es detallar las herramientas y enfoques metodológicos que se
utilizarán para medir el intercambio ecológicamente desigual entre América Latina y Estados
Unidos, lo que permitirá responder a la pregunta de investigación y probar la hipótesis
planteada. Se presentarán los instrumentos analíticos necesarios para cuantificar los flujos de
recursos y los impactos ambientales asociados al comercio, asegurando una aproximación
rigurosa y empírica al problema.
Los componentes de este capítulo se centran en la exposición de las metodologías de
medición. Se explicará cómo se utilizarán los conceptos de huella ecológica y huella hídrica
para evaluar el impacto ambiental de las exportaciones, y se detalla la forma en que se
analizan los volúmenes de intercambio para determinar el balance de flujos materiales. Esta
sección es fundamental para establecer la ruta de investigación, proporcionando la base
técnica que permitirá el análisis de los datos en los capítulos siguientes.
La medición del intercambio desigual ha sido una preocupación central tanto para la
economía política como para la economía ecológica, dado que busca cuantificar las asimetrías
sistémicas en el comercio internacional entre países del centro y de la periferia. Diversas
metodologías han sido propuestas, con enfoques que van desde lo monetario hasta lo físico,
dependiendo del marco teórico utilizado. En términos generales, el enfoque tradicional parte
de la obra de Arghiri Emmanuel (1972), quien propuso medir el intercambio desigual en
función de lasdiferencias internacionales en las tasas salariales y los precios de los bienes
comerciados, sosteniendo que los países periféricos exportan bienes intensivos en trabajo
barato e importan bienes con mayor valor agregado, lo que genera una transferencia neta de
valor hacia los países centrales. Esta formulación monetaria ha sido criticada por su énfasis
exclusivo en los precios de mercado, los cuales muchas veces están distorsionados por
relaciones de poder y subsidios implícitos.
Frente a estas limitaciones, la economía ecológica ha desarrollado metodologías
físicas para captar el intercambio desigual, particularmente el ecológicamente desigual. Estas
se basan en el análisis de flujos de materiales, energía y trabajo incorporado en los bienes
comerciados. Una de las técnicas más utilizadas es el análisis de flujos de materiales (Material
Flow Analysis, MFA), que permite rastrear la cantidad de recursos naturales extraídos y
exportados por un país en comparación con los que importa, evidenciando cómo las economías del centro tienden a beneficiarse de un acceso barato y constante a recursos de la
periferia, mientras externalizan los costos ambientales y sociales de esa extracción (Muradian
& Martinez-Alier, 2001). Una de las técnicas más utilizadas es el análisis de flujos de
materiales (Material Flow Analysis, MFA), que permite rastrear la cantidad de recursos
naturales extraídos y exportados por un país en comparación con los que importa,
evidenciando cómo las economías del centro tienden a beneficiarse de un acceso barato y
constante a recursos de la periferia, mientras externalizan los costos ambientales y sociales de
esa extracción (Muradian & Martinez-Alier, 2001). Otra técnica complementaria esla
huella ecológica del comercio, la cual calcula la superficie biológicamente productiva
necesaria para sostener los niveles de producción y consumo de un país. Wiedmann et al.
(2015) han utilizado este enfoque para mostrar cómo las economías desarrolladas externalizan
su impacto ecológico hacia países con menos poder de negociación.
Asimismo, se han implementado metodologías de contabilidad del tiempo de trabajo,
como las desarrolladas por Christian Aid (2005) y más recientemente por Dorninger et al.
(2021), quienes introducen la noción de “intercambio neto de trabajo” para capturar la
cantidad de trabajo humano exportado e importado indirectamente a través del comercio. Este
tipo de análisis revela que los países del Sur global exportan una proporción significativa de
trabajo incorporado en bienes manufacturados o primarios, que es infravalorado en el mercado
internacional. Estas metodologías, al centrarse en variables físicas y sociales no mediadas
exclusivamente por el precio, permiten hacer visibles las desigualdades estructurales del
sistema mundial de comercio. Aunque todas las metodologías presentan limitaciones —por
ejemplo, la dificultad de obtener datos homogéneos a nivel internacional—, su convergencia
en resultados similares refuerza la hipótesis del intercambio desigual como un fenómeno
persistente y sistémico.
2.1 Huella Ecológica
La huella ecológica se ha convertido en uno de los indicadores más relevantes para medir el
grado de presión que ejerce una economía sobre los ecosistemas, permitiendo también analizar
dinámicas de apropiación ambiental que subyacen en el comercio internacional. Este indicador
cuantifica la superficie biológicamente productiva necesaria para abastecer los recursos
consumidos por una población (como alimentos, materias primas, madera y energía) y para
absorber sus residuos, en particular las emisiones de dióxido de carbono (Wackernagel &
Rees, 1996). Desde esta perspectiva, la huella ecológica permite visibilizar no solo el impacto
ambiental directo de un país, sino también el impacto externalizado a través de los bienes que importa, dando lugar a lo que se ha denominado “huella ecológica oculta” o “huella ecológica
externa”.
En el contexto del intercambio desigual, este enfoque resulta particularmente útil para
evidenciar cómo las economías del centro logran mantener niveles altos de consumo y
producción sin reflejar los costos ecológicos en sus propios territorios. A través de relaciones
comerciales desiguales, los países desarrollados externalizan su demanda ecológica a países de
la periferia, que exportan materias primas intensivas en energía, suelo y agua, asumiendo al
mismo tiempo los daños ambientales, la sobreexplotación de sus ecosistemas y la
contaminación resultante de los procesos extractivos (Hornborg, 2011; Bunker, 1985).
Además la huella ecológica funciona como un indicador de los flujos ecológicos netos entre
países, y puede usarse para demostrar empíricamente que muchos países del Sur global tienen
una “biocapacidad exportada” que supera su propia huella ecológica, mientras que países del
Norte presentan déficits ecológicos estructurales, cubiertos mediante la importación de
servicios ecológicos de otras regiones (Warlenius, 2018; Borowy, 2013).
Además, al integrar el análisis de la huella ecológica con perspectivas críticas como la
ecología política o la economía ecológica, es posible interpretar este desequilibrio no como un
simple problema de eficiencia ambiental, sino como el resultado de relaciones históricas de
poder, apropiación y dependencia. Desde esta visión, el intercambio ecológicamente desigual
no sólo implica una transferencia de valor económico, sino también una transferencia de
trabajo humano y capacidad de carga ecológica, lo cual constituye una dimensión central del
metabolismo social global (Martínez-Alier, 2007). Esto crítica fundamentalmente a los
indicadores tradicionales de desarrollo, como el PIB, que invisibilizan los costos ambientales
y sociales del crecimiento económico, y refuerzan un modelo de desarrollo extractivista en los
países del Sur. (Giampietro & Mayumi, 2009).
2.2 Huella Hídrica
La huella hídrica es un indicador que permite cuantificar el volumen total de agua dulce
utilizado para producir bienes y servicios, considerando tanto el consumo directo como
indirecto en todas las etapas de producción. Este concepto fue desarrollado para comprender
de forma más precisa la presión que las actividades humanas ejercen sobre los recursos
hídricos, permitiendo evaluar no solo cuánto agua se utiliza, sino también cómo, dónde y bajo
qué condiciones se consume.
Se compone de tres elementos principales: la huella hídrica azul, que se refiere al
uso de agua superficial o subterránea; la huella hídrica verde, que corresponde al agua de
lluvia almacenada en el suelo utilizada por los cultivos; y la huella hídrica gris, que representa el volumen de agua necesario para diluir los contaminantes generados durante el
proceso productivo hasta cumplir con los estándares de calidad ambiental.
La utilidad del concepto radica en que permite hacer visibles las desigualdades en el
uso del agua a nivel global, especialmente en el contexto del comercio internacional. Por
ejemplo, en el caso de la producción de aguacate en Michoacán, México, destinado en gran
medida al mercado estadounidense, se evidencia una situación crítica: para producir un kilo de
aguacate se requieren entre 1,500 y 2,000 litros de agua. Esta intensa demanda hídrica ha
provocado la sobreexplotación de acuíferos, afectando la disponibilidad del recurso para las
comunidades locales y generando tensiones sociales. A pesar de ello, el producto es exportado
sin que se reflejen los impactos ambientales ni los costos sociales en su precio final. Esta
situación ejemplifica lo que se conoce como intercambio hidrológicamente desigual, donde los
beneficios económicos del comercio recaen en los países consumidores, mientras que los
costos ambientales y sociales se concentran en los territorios exportadores. Así, la huella
hídrica permite no solo medir el uso del agua, sino también cuestionar la justicia y
sostenibilidad de los patrones actuales de producción y consumo.
Figura 3. Procesos de Cuantificación de huella hídrica

Fuente: Elaboración propia
En el cálculo de la evapotranspiración de la huella hídrica los datos requeridos son los
siguientes:
- Parámetros climáticos: Su utilización puede ser vinculada a datos meteorológicos de estaciones meteorológicas cercanas del Ideam, donde los valores tomados son de temperatura media y máxima, porcentaje de humedad, velocidad del viento, insolación y precipitación media
- Parámetros del cultivo: dentro de esta categoría se observan las etapas, duración de las etapas, altura del cultivo, profundidad de las raíces, agotamiento crítico y la fracción de respuesta de rendimiento
- Datos de la producción: Esto permite ver el rendimiento del cultivo, al contar el area sembrada y la producción anual
- Datos edáficos: contienen las observaciones acerca de la humedad del suelo disponible total, la tasa máxima de infiltración de la precipitación, la profundidad radicular máxima, agotamiento inicial de humedad del suelo y humedad del suelo inicialmente disponible.
- Información de fertilizantes y pesticidas: los cuales muestran las tasas de aplicación y la fracción de lixiviación
- Los estándares de calidad del agua. Incluyen los parámetros fisicoquímicos y microbiológicos requeridos para asegurar la aptitud del recurso hídrico en actividades agrícolas.
- Concentraciones normales de sustancias tóxicas. Corresponden a los niveles aceptables de compuestos potencialmente nocivos
Tabla 1. Comparación huella ecológica y metabolismo social.


Para esta investigación, la Huella Ecológica se utiliza como la medida principal para
cuantificar el impacto ambiental del intercambio comercial, ya que nos permite dimensionar
numéricamente el consumo de recursos y la absorción de desechos. Sin embargo, el
metabolismo social es el concepto crítico que utilizamos para interpretar y contextualizar
estos datos. Este enfoque nos permite ir más allá de los números y vincular los flujos
materiales con las desigualdades de poder, exponiendo los costos ocultos del comercio, como
la contaminación y los conflictos sociales, que Estados Unidos externaliza a América Latina.
Al conectar los patrones comerciales con crisis socioambientales específicas (por ejemplo, la
deforestación a causa de la agroexportación), el metabolismo social demuestra que el “déficit
ecológico” no es un accidente, sino el resultado de un saqueo organizado. De esta manera, el
concepto respalda nuestra hipótesis al mostrar cómo América Latina subsidia el consumo de
Estados Unidos con su ambiente y el bienestar de su población.
2.3 Volúmenes de intercambio
El análisis de flujos materiales (Material Flow Analysis, MFA) ha permitido cuantificar el
intercambio físico de recursos entre países, identificando si un país es netamente exportador o
importador de materiales. Un ejemplo concreto es el caso del cobre exportado desde Chile
hacia Estados Unidos. Entre 2000 y 2020, Chile ha sido uno de los principales proveedores
mundiales de cobre, y una parte considerable se ha dirigido al mercado estadounidense para su
uso en la industria eléctrica y tecnológica. Según la base de datos de flujos materiales de la
UNEP, Chile exportó más de 6 millones de toneladas de concentrado de cobre hacia Estados
Unidos en ese periodo, mientras que importó muy poco cobre refinado o productos
manufacturados con ese metal. Este flujo asimétrico evidencia un intercambio físico desigual,
en el que Chile transfiere grandes cantidades de material con un alto impacto ambiental local (como el uso intensivo de agua en minería, generación de relaves y contaminación) sin recibir
un retorno equivalente en bienes con mayor valor agregado.
2.4 Balanza Comercial Física (BCF) y Flujos de Materiales
Para complementar el análisis de la Huella Ecológica y la Huella Hídrica, se utiliza la
metodología de la Balanza Comercial Física (BCF), una herramienta contable que cuantifica
los flujos de materiales entre economías. Esta metodología, desarrollada por organismos como
la CEPAL, va más allá de las mediciones monetarias del comercio al expresar las
importaciones y exportaciones en unidades físicas, como toneladas. Su objetivo es revelar la
magnitud real de los intercambios de recursos, evidenciando las asimetrías que la balanza
comercial tradicional oculta.
El cálculo de la BCF se basa en la suma de las toneladas de todos los bienes
exportados (BCF Exportaciones) y la suma de las toneladas de todos los bienes importados
(BCF Importaciones). La diferencia entre estos dos valores (BCF Exportaciones – BCF
Importaciones) determina el saldo de la balanza comercial física. Un saldo negativo indica un
déficit de materiales, lo que significa que un país importa más recursos físicos de los que
exporta. Por el contrario, un saldo positivo revela un superávit de materiales, lo cual es
característico de las economías exportadoras de materias primas. Este enfoque es crucial para
nuestra investigación, ya que permite cuantificar el flujo neto de recursos desde América
Latina hacia Estados Unidos, proporcionando una base empírica para el análisis del
intercambio ecológicamente desigual. Este método se formaliza en trabajos como el de
Lewinsohn y Sánchez (2020), quienes detallan su aplicación para la región de América Latina
y el Caribe.
Capítulo 3: Evidencia empírica Estados Unidos y América Latina.
Este capítulo busca presentar y analizar la evidencia empírica que demuestra la existencia y
magnitud del intercambio ecológicamente desigual entre América Latina y Estados Unidos. Su
objetivo es aplicar las metodologías descritas en el capítulo anterior para examinar los
patrones de comercio y sus efectos ambientales, respondiendo directamente a la hipótesis de la
investigación. Al hacerlo, se busca ilustrar cómo el modelo extractivo-exportador
latinoamericano se traduce en un desequilibrio ecológico y una transferencia de valor desde la
región a EUA.
La estructura de este capítulo se centra en la presentación de datos concretos. Se analizará el
metabolismo social y la huella ecológica como elementos clave para revelar el intercambio desigual. Se hará un estudio de los sectores productivos intensivos en recursos y emisiones,
como la minería y la agricultura. Finalmente, se abordará la evolución histórica de este
intercambio desde 1970 hasta 2024, para comprender la persistencia del fenómeno a lo largo
del tiempo.
3.1 El metabolismo social y la huella ecológica como claves para develar el intercambio ecológicamente desigual entre Estados Unidos y América Latina
El metabolismo social, entendido como “los patrones de extracción, transformación y
disposición de recursos que sostienen el funcionamiento de las sociedades” (Fischer-Kowalski
& Haberl, 2007), revela cómo el sistema económico global organiza flujos materiales
profundamente asimétricos entre el Norte y el Sur. En el caso de las relaciones entre Estados
Unidos y América Latina, este enfoque demuestra cómo el modelo centro-periferia se traduce
en una división metabólica: mientras Estados Unidos mantiene un metabolismo
urbano-industrial basado en la importación masiva de materias primas, los países
latinoamericanos funcionan como proveedores de recursos naturales con bajo valor agregado,
asumiendo los costos ambientales de esta dinámica (Martínez-Alier, 2002).
La huella ecológica, definida como “el área de tierra y agua biológicamente
productiva requerida para producir los recursos consumidos y absorber los desechos
generados” (Wackernagel & Rees, 1996), cuantifica esta desigualdad. Datos recientes
muestran que Estados Unidos tiene una huella ecológica per cápita de 8.1 hectáreas globales,
mientras que el promedio latinoamericano no supera las 2.7 (Global Footprint Network,
2022). Esta brecha se sustenta en patrones comerciales donde, por ejemplo, “las exportaciones
agrícolas latinoamericanas consumen 20,000 litros de agua virtual por tonelada, destinados
principalmente al mercado estadounidense” (Hoekstra & Mekonnen, 2012).
Desde la teoría del mundo-sistema, Rice (2007) explica cómo este intercambio opera
mediante tres mecanismos clave: 1) la especialización extractiva de la periferia, 2) la
subvaloración de los recursos naturales en los mercados internacionales, y 3) la
externalización de los pasivos ambientales. Esto se ejemplifica en la minería del cobre chilena,
donde “el 85% de las exportaciones van a Estados Unidos y China, dejando el 100% de los
residuos mineros en territorio chileno” (Gudynas, 2018). El metabolismo social evidencia que,
mientras Estados Unidos acumula beneficios económicos del procesamiento industrial,
América Latina sufre la degradación de sus ecosistemas y la pérdida de capacidad
regenerativa.
Jorgenson (2006) aporta evidencia empírica contundente: por cada 10% de aumento
en las exportaciones primarias latinoamericanas hacia Estados Unidos entre 2000-2020, se
registró un 3.2% más de deforestación y un 1.8% de reducción en la biocapacidad local. Estos
datos confirman que “el comercio internacional reproduce una estructura metabólica colonial,
donde el crecimiento del Norte global depende del agotamiento ecológico del Sur” (Warlenius,
2016).
La crítica latinoamericana, representada por Peinado (2015), enfatiza que este modelo
no es accidental sino estructural: el neoextractivismo del siglo XXI profundizó la fractura
metabólica mediante tratados comerciales que privilegian la libre circulación de mercancías pero ignoran los flujos ecológicos desiguales. Como señala Martínez-Alier (2009), “la deuda
ecológica acumulada por Estados Unidos con América Latina no aparece en los balances
comerciales, pero se mide en hectáreas deforestadas, acuíferos contaminados y comunidades
desplazadas”.
Para superar esta injusticia ambiental, se requiere trascender los indicadores
económicos convencionales. Como propone Oulu (2016), una verdadera justicia
metabólica exige: 1) contabilizar los flujos materiales netos en los acuerdos
comerciales, 2) establecer mecanismos de compensación por pérdida de biocapacidad,
y 3) reorientar los patrones de producción-consumo del Norte global. Solo así podrá
revertirse lo que la teoría del metabolismo social identifica como el núcleo del
problema: un sistema que convierte a América Latina en el sumidero ecológico del
desarrollo estadounidense.
3.2 Sectores productivos intensivos en CO2 México y Estados Unidos
Ahora hablando de México, el panorama representa un caso paradigmático del intercambio
ecológicamente desigual, en el que México, como economía periférica, externaliza sus
recursos y absorbe los impactos ambientales, mientras que Estados Unidos mantiene su nivel
de consumo alto y su metabolismo económico expansivo gracias a estos flujos ocultos. Los
costos de la degradación ambiental, la pérdida de biodiversidad y la afectación a la salud
pública no son compensados, lo cual confirma las tesis de la ecología política latinoamericana
sobre el colonialismo ecológico y la deuda ambiental.
Este acuerdo comercial que existe entre las dos economías muestra claramente cómo
funciona el intercambio ecológicamente desigual, especialmente en sectores como la minería,
la agroindustria y la maquila. México exporta una gran cantidad de materias primas y
productos agrícolas que requieren muchos recursos naturales (como aguacates, tomates, bayas,
carne y productos mineros como el litio y el cobre), mientras que importa productos
industrializados, maquinaria y tecnología de alto valor agregado. Este patrón reproduce una
estructura centro-periferia, donde México actúa como proveedor de recursos naturales,
mientras que Estados Unidos se queda con los beneficios industriales y tecnológicos.
Metabolismo social: exportación de recursos, importación de degradación
Por su parte Estados Unidos mantiene su estilo de vida de consumo a través de un
flujo constante de materiales provenientes de países del Sur global, especialmente México. Por
ejemplo, la demanda estadounidense de productos agrícolas ha llevado a la agricultura
intensiva en estados como Michoacán, Sinaloa y Guanajuato. Esto ha resultado en
deforestación, sobreexplotación de acuíferos (como el acuífero de Valle de Arista en
Zacatecas) y contaminación por agroquímicos. Los consumidores en EE.UU. no se hacen
cargo de estos costos ambientales; las comunidades rurales mexicanas son las que los
soportan.
En el sector minero, empresas estadounidenses han invertido en grandes proyectos de
extracción en Sonora, Zacatecas y Guerrero. Si bien los minerales (como el litio o el oro) se
envían a Estados Unidos, los residuos tóxicos, los relaves y los problemas ambientales se
quedan en México. Esto es básicamente una forma de externalizar los impactos (Gudynas,
2018).
México también recibe productos agrícolas subsidiados de EE.UU., como el maíz
amarillo. Estos productos tienen precios muy bajos, pero no reflejan los costos ambientales
que se generan en Estados Unidos, como el uso excesivo de fertilizantes y la degradación del
suelo en Iowa y Nebraska. Esto es como un “dumping ecológico” (Martínez, 2011), ya que
perjudica a los pequeños productores mexicanos al competir con precios artificialmente bajos
que no incluyen los costos ambientales.
Este problema se agravó después del Tratado de Libre Comercio de América del
Norte (TLCAN), que desmanteló los sistemas de producción agrícola tradicionales en México
y lo hizo aún más dependiente de EE.UU. para la alimentación. Al mismo tiempo, México
intensificó su modelo agroexportador sin regulaciones ambientales estrictas.
3.3 Análisis de la huella ecológica
Según la Global Footprint Network (2022), la huella ecológica per cápita en Estados Unidos
es tres veces mayor que en México (8.1 ha globales frente a 2.5 ha). Esta diferencia se debe a
los patrones comerciales: México exporta su capacidad ecológica en forma de recursos
naturales y mano de obra barata, mientras que EE.UU. importa biocapacidad sin
compensación, lo que crea una deuda ecológica histórica.
Por ejemplo, Estados Unidos consume más del 80% de los aguacates de Michoacán,
lo que ha llevado a la deforestación de más de 30,000 hectáreas de bosques (Peinado, 2015).
Esto afecta la biodiversidad local y reduce la capacidad de captura de carbono. Estos daños no
se reflejan en las balanzas comerciales tradicionales, pero forman parte de la apropiación
desigual de los sumideros (Warlenius, 2016).
El caso de México y Estados Unidos también muestra cómo los pagos de deuda
externa y la necesidad de divisas para importar bienes manufacturados obligan a México a
mantener un modelo extractivista que prioriza las exportaciones sobre el bienestar ecológico.
Esta lógica de acumulación (Foster, 2004) refuerza una dependencia estructural donde el
crecimiento económico aparente se basa en la sobreexplotación de los bienes comunes y el
deterioro ambiental.
Para abordar esta injusticia, debemos replantear los tratados comerciales desde una
perspectiva de justicia ambiental. Esto implica contabilizar los flujos materiales netos, exigir
compensaciones ecológicas y reconocer la deuda ecológica como parte integral de la balanza
económica entre México y Estados Unidos.
Los efectos de la demanda y el consumo desmedido de los recursos naturales generan
cambios en la capacidad existente de las regiones analizadas, debido a que la biocapacidad
representa la capacidad de los ecosistemas para generar recursos y absorber desechos, si la
huella supera la biocapacidad, hay un déficit ecológico
Gráfica 1. Evolución de los componentes de la biocapacidad en América Latina

Los datos proporcionados por el Global Footprint Network revelan una disminución
significativa en la biocapacidad de la región, con implicaciones críticas para su sostenibilidad
ambiental.
Se observa una reducción en los pastizales de 1.8 a 0.6 hectáreas globales per cápita
(gha/persona), lo que sugiere una pérdida progresiva de estos ecosistemas. Esta tendencia no
solo compromete la producción agropecuaria, sino que también ejerce presión adicional sobre
otros recursos naturales al desplazar actividades económicas hacia áreas circundantes,
acelerando su degradación. En el caso de los productos forestales el declive superior al 50%
en este rubro refleja una disminución en la cobertura boscosa, lo cual reduce la capacidad de
los ecosistemas forestales para actuar como sumideros de carbono. Como consecuencia, se
incrementa la huella ecológica asociada a las emisiones de CO₂ no compensadas, agravando el
déficit ambiental de la región.También la capacidad pesquera ha disminuido drásticamente,
pasando de 0.8 a menos de 0.3 gha/persona. Este declive es particularmente preocupante, ya
que los océanos no sólo son fundamentales para la seguridad alimentaria, sino que también
cumplen un rol clave en la regulación climática al absorber CO₂ y mantener los ciclos
hidrológicos. En términos de tierra cultivable, a diferencia de los demás componentes, este
rubro muestra una tendencia al alza. Sin embargo, su expansión podría estar asociada a la
conversión de bosques y pastizales en tierras agrícolas, lo que explicaría la pérdida paralela de
biodiversidad y servicios ecosistémicos en otras áreas.
Aunque la tierra urbanizada presenta un crecimiento constante, se identifican breves
caídas durante períodos de crisis económica global. Esta irregularidad podría estar vinculada a
fluctuaciones en la inversión en infraestructura, aunque se requiere un análisis más profundo
para determinar sus causas específicas.

Fuente: Elaboración propia a partir de datos de Global Footprint Network, con R
Los datos disponibles muestran que América del Norte experimentó reducciones menos
pronunciadas en sus recursos naturales comparado con América Latina. Los pastizales
disminuyeron aproximadamente 0.3 hectáreas globales per cápita (gha/persona), mientras que
los productos forestales registraron una reducción de 2.5 gha/persona. Las zonas de pesca
presentaron un descenso de 0.6 gha/persona.
En cuanto a la tierra cultivable, los valores fluctuaron entre 1.8 y 1.7 gha/persona durante el
período analizado, mostrando un comportamiento variable sin una tendencia clara de
crecimiento o decrecimiento sostenido.
Gráfica 3. Evolución de la huella ecológica en América Latina 1961 – 2024

Los datos disponibles muestran los componentes analizados durante el periodo 1961-2024 y
se hace notorio que la tierra urbanizada tuvo un crecimiento constante durante todo el periodo
de estudio, se podría afirmar que por esa razón el carbono también tiene un crecimiento
constante; las tierras de cultivo en américa latina tienen un crecimiento también debido a que
la agricultura es un parámetro importante en la economía de latinoamérica.
La generación de residuos también es un componente crucial de la huella ecológica.
Según el Banco Mundial (2018), las regiones con mayor producción mundial son: Asia
Oriental (468 millones de toneladas), seguida por Europa y Asia Central (392 millones).
América del Norte ocupa el cuarto lugar (289 millones), mientras que América Latina se sitúa
en quinta posición (231 millones). La composición de estos desechos se detalla a
continuación.
Gráfica 4. Tipo de residuos generados a nivel global

La composición indica que más del 50% de los residuos son alimentos, lo cual
cuestiona los datos presentados anteriormente en las gráficas sobre la expansión agrícola.
Dicha expansión se fundamenta en la necesidad de prevenir hambrunas, pero la evidencia
sugiere que el aprovechamiento de estos recursos es ineficiente, ya que una proporción
significativa no se consume y acaba en vertederos.
Si contrastamos los datos del Banco Mundial y La agencia de protección ambiental de los
Estados Unidos (2024)
Gráfica 5. Total MSW Generated by Material, 2018

Con 292.4 millones de toneladas de residuos, Estados Unidos supera a América Latina en 60
millones. La gráfica revela: 23.05% papel/cartón, 21.59% alimentos y 12.20% plásticos. Pese
al potencial teórico de reciclaje/compostaje, solo el 13.5% se recicla y el 5.5% se composta a
nivel mundial.
Otro problema generado por los residuos es que no todos son enviados a vertederos
internos, sino que son exportados a regiones menos desarrolladas en el caso estadounidense
sus desechos son exportados a diversas regiones y en el caso de américa latina Venezuela,
Colombia y México, son algunos de los países a los que llegan.
El país que tiene un mejor registro de lo antes mencionado es México ya que cuenta
con datos desde 2013 hasta 2024 mostrando la cantidad en toneladas y dólares de las
exportaciones de desechos realizados por E.U.A.
Gráfica 6. Evolución de exportaciones de residuos EE.UU. a México

La evolución de las exportaciones de residuos muestra tendencias variables según el
material. Destacan los plásticos, que experimentan un crecimiento desde 2019 hasta 2021,
aunque con una leve fluctuación en 2023. En volumen, los residuos electrónicos (aluminio)
superan las 380 toneladas, mientras que el cobre registra menos de 10 toneladas. El
papel/cartón lidera con cifras significativas, alcanzando más de 2,000 toneladas en 2021. Cabe
señalar que no todos estos residuos son susceptibles de reciclaje.
Gráfica 7. Valor por kilogramo de residuos

En términos de intercambio comercial, los materiales con mayor volumen de
importación presentan importantes disparidades en su valorización económica. El papel/cartón
(que lidera las importaciones con más de 2,000 toneladas en 2021) muestra una retribución
persistentemente baja, manteniéndose entre $0.20 y $0.26 USD/kg durante 2013-2024. Esta mínima valoración, combinada con los riesgos sanitarios en los sitios de disposición y los
costos de procesar materiales no reciclables, cuestiona la sostenibilidad de su manejo.
Los plásticos (que experimentaron crecimiento volumétrico desde 2019) presentan
una depreciación preocupante: su valor cayó de $0.73 USD/kg (2013) a $0.53 USD/kg (2024),
reduciendo aún más el incentivo económico para su reciclaje.
La excepción es el aluminio, cuya alta valorización justifica su manejo: con precios
superiores a $1 USD/kg desde 2013, alcanzó un pico de $2.37 USD/kg en 2021. Este material
destaca no solo por su rentabilidad, sino por su mayor potencial de reciclaje eficiente.
3.3.1 Reserva Ecológica de EE.UU. vs. América Latina
Para este apartado se realizó un análisis comparativo de la composición de EE.UU. y América
Latina respecto a su Reserva Ecológica, Huella Ecológica y Biocapacidad, con base en datos
de Global Footprint. A continuación, se presentan sus propias definiciones:
Huella Ecológica (Ecological Footprint): Mide la demanda de una población sobre la
naturaleza. Es la superficie de tierra y agua biológicamente productiva necesaria para producir
los recursos que consume y para absorber los desechos que genera (especialmente las
emisiones de CO₂). Se representa en el Mapa 1 con tonos que van del amarillo al naranja.
Mapa 1. Huella Ecológica de los países de América en 2024

Biocapacidad (Biocapacity): Mide la oferta de la naturaleza. Es la capacidad de los
ecosistemas de una región para producir recursos biológicos útiles y absorber los desechos
generados por los humanos. Se representa en el Mapa 2 con tonos que van del verde claro al
verde oscuro.
Mapa 2. Biocapacidad de los países de América en 2024

Déficit o Reserva Ecológica (Ecological Deficit or Reserve): Es el resultado de restar la
Huella Ecológica de la Biocapacidad. El Mapa 3 visualiza este saldo.
- Déficit (rojo): Si la Huella Ecológica es mayor que la Biocapacidad. El país consume más de lo que tiene.
- Reserva (verde): Si la Biocapacidad es mayor que la Huella Ecológica. El país tiene más recursos de los que consume.
Mapa 3. Déficit o Reserva Ecológica de los países de América en 2024

Respecto a Estados Unidos: En el Mapa 1, se observa que la Huella Ecológica de
Estados Unidos se muestra en un color naranja muy intenso, lo que indica una de las huellas
ecológicas per cápita más altas del mundo. En términos de su Biocapacidad, visible en el
Mapa 2, a pesar de su gran territorio, es moderada. Si bien posee importantes áreas de bosques
y tierras agrícolas, esta capacidad es insuficiente para satisfacer su enorme demanda interna.
La combinación de una huella ecológica masiva y una biocapacidad que no puede seguirle el
ritmo da como resultado un gran déficit ecológico, como se ilustra en el Mapa 3 con un color
rojo intenso. Esto significa que EE.UU. depende de la biocapacidad de otras partes del mundo para mantener su nivel de vida, ya sea importando recursos (materias primas, alimentos) o
utilizando “bienes comunes” globales, como la atmósfera, para absorber su exceso de CO₂.
Respecto a América Latina: En el Mapa 1, la mayoría de los países de América Latina
muestran un color naranja mucho más claro que Estados Unidos, lo que indica una huella
ecológica per cápita significativamente menor. Por otro lado, en el Mapa 2 se puede ver que la
región, especialmente Sudamérica, es una superpotencia en términos de Biocapacidad. Países
como Brasil, Colombia, Perú y Bolivia aparecen en un verde muy oscuro. Como resultado, la
combinación de una huella ecológica relativamente baja y una Biocapacidad inmensa da como
resultado una gran reserva ecológica para la región en su conjunto. En el Mapa 3, países como
Brasil, Bolivia, Colombia y Guyana se muestran en verde oscuro, confirmando que son
“acreedores ecológicos”: sus ecosistemas saludables generan más recursos de los que su
población consume, y este excedente beneficia al resto del mundo.
El déficit de Estados Unidos es sostenido, en parte, por la reserva de regiones como
América Latina. Esto crea una dinámica de dependencia donde los países con alto consumo
dependen de los recursos y la capacidad de absorción de los países con alta Biocapacidad.
3.4 Balanza de pagos en el intercambio ecológicamente desigual
La evidencia de esta asimetría se materializa al contrastar la balanza comercial monetaria,
registrada en la balanza de pagos, con la balanza comercial física. Los datos disponibles en
fuentes como la Base de Datos de Comercio de las Naciones Unidas (UN Comtrade) revelan
un patrón sistemático y divergente. Mientras un país latinoamericano puede registrar un
modesto superávit o un déficit manejable en su balanza comercial en dólares con Estados
Unidos, su balanza física muestra un déficit abrumador, medido en toneladas (United Nations,
2025). Esta divergencia es la prueba cuantitativa de que la región está exportando una
cantidad de “naturaleza” (materia y energía) mucho mayor de la que recibe, a cambio de un
valor monetario que no compensa el vaciamiento ecológico.
Los patrones específicos por país confirman esta tendencia regional. México, a pesar
de su avanzada base manufacturera y su superávit comercial monetario con Estados Unidos,
exporta bienes pesados como vehículos, maquinaria y productos agrícolas, resultando en un
déficit físico masivo. Por otro lado, los datos de UN Comtrade muestran que Chile, cuya
canasta exportadora depende fuertemente del cobre, ejemplifica el caso extremo: para generar
valor monetario, debe exportar un volumen de toneladas extraordinariamente alto, lo que se
refleja en una altísima intensidad material de sus exportaciones (United Nations, 2025). De
manera similar, Brasil financia sus importaciones de tecnología y bienes de consumo con la
exportación de millones de toneladas de soja, mineral de hierro y petróleo crudo. En todos estos casos, la balanza de pagos, leída convencionalmente, celebra un éxito exportador que la
balanza física devela como un subsidio ecológico insostenible.
La balanza de pagos no debe ser interpretada como un indicador aislado del éxito
económico. Cuando se complementa con un análisis de los flujos físicos subyacentes, se
transforma en un instrumento diagnóstico que expone las dinámicas de la desigualdad
ecológica. La divergencia entre los saldos monetarios y los saldos físicos revela cómo las
estructuras del comercio global perpetúan una transferencia de recursos y costos ambientales
que favorece a las economías centrales.
Gráfica 8. Exportaciones de E.U.A a América latina 1991 – 2021

Gráfica 9. Importaciones de E.U.A a América Latina 1991 – 2021

La gráfica muestra la evolución del valor de las importaciones de Estados Unidos desde
América Latina entre 1991 y 2021, desglosada en bienes de capital, bienes de consumo, bienes
intermedios y materias primas.
Se observa una tendencia creciente en todas las categorías, con un aumento
especialmente notable en bienes de consumo y bienes de capital en los últimos años. Las
importaciones de bienes de consumo (línea roja) destacan por su acelerado crecimiento a
partir de 2010, alcanzando el valor más alto en 2021, lo que sugiere un incremento en la
demanda de productos terminados de la región. Los bienes de capital (línea verde) también
muestran un crecimiento constante, aunque con menor magnitud que los bienes de consumo.
Las importaciones de bienes intermedios (línea morada) presentan una evolución más
volátil, con picos pronunciados en algunos años (por ejemplo, en 2008 y 2011) seguidos de
caídas. Finalmente, las materias primas (línea azul) crecen de forma más moderada y estable a
lo largo del periodo, pero con un repunte visible al final de la serie.
Gráfica 10. Exportaciones de EUA por categoría y producto 1991 – 2022

La gráfica muestra la evolución del valor de las exportaciones de Estados Unidos por
categoría y tipo de producto entre 1991 y 2022, desglosadas en bienes de capital, bienes de
consumo, bienes intermedios y materias primas.
Las exportaciones de bienes de capital (gráfico superior izquierdo) han sido lideradas
consistentemente por la categoría de maquinaria y electricidad (línea amarilla), con una
participación constante cercana al 20% del total. Aunque su tendencia es estable, destaca un
leve repunte en los años más recientes. Otros productos como el transporte (línea fucsia) y los
productos químicos (línea azul claro) también han mantenido una participación destacada en
esta categoría
En cuanto a los bienes de consumo (gráfico superior derecho), destaca un aumento
considerable en las exportaciones de productos alimenticios (línea roja), especialmente a partir
de 2010, con picos evidentes en los últimos años. Esto sugiere una creciente demanda
internacional de productos terminados de origen estadounidense.
Las exportaciones de bienes intermedios (gráfico inferior izquierdo) muestran una
evolución más volátil. En esta categoría, el producto más representativo ha sido también la
maquinaria y electricidad, aunque con una participación menor que en bienes de capital. Se
observa un pico significativo alrededor de 2009, lo que podría estar asociado a reacomodos en
las cadenas de suministro tras la crisis financiera.
Finalmente, las materias primas (gráfico inferior derecho) reflejan un comportamiento
más fluctuante, donde destacan los productos de reino vegetal (línea verde limón) y los
combustibles (línea naranja). Ambos productos presentan picos notables hacia 2008 y 2011,
posiblemente relacionados con el alza en los precios internacionales de materias primas
durante ese periodo.
Gráfica 11. Importaciones a EUA por categoria y producto 1991 – 2022

La gráfica muestra la evolución del valor de las importaciones de Estados Unidos por
categoría y tipo de producto entre 1991 y 2022, desglosadas en bienes de capital, bienes de
consumo, bienes intermedios y materias primas.
Las importaciones de bienes de capital (gráfico superior izquierdo) han sido
dominadas por la categoría de maquinaria y electricidad (línea amarilla), con una participación
constante y creciente, rondando el 25% del total hacia los años más recientes. Esta categoría
ha mantenido una tendencia positiva a lo largo del periodo analizado. Por su parte, los
productos de transporte (línea fucsia) y los productos químicos (línea azul claro) también
presentan una participación significativa y estable dentro de esta categoría.
En el caso de los bienes de consumo (gráfico superior derecho), las importaciones de
textiles y prendas de vestir (línea fucsia) fueron las más destacadas durante gran parte del
periodo, con un aumento sostenido hasta mediados de los años 2000 y una tendencia
decreciente a partir de 2010. Sin embargo, los productos alimenticios (línea roja) han
mostrado una tendencia ascendente desde 2015, acercándose al nivel de los textiles en años
recientes.
Las importaciones de bienes intermedios (gráfico inferior izquierdo) presentan una
evolución más variable. Dentro de esta categoría, destaca el comportamiento de los productos
químicos (línea azul claro), que muestran un aumento considerable desde principios de los
años 2000, alcanzando su punto máximo hacia 2011. También se observa una mayor
participación de productos metálicos (línea gris), con cierta volatilidad a lo largo del tiempo.
Por último, las materias primas (gráfico inferior derecho) reflejan una alta variabilidad
en el periodo. Los productos del reino vegetal (línea azul) y los combustibles (línea naranja)
destacan por sus fluctuaciones marcadas, con picos en 2008 y 2011, lo cual coincide con los
aumentos globales en los precios de las materias primas. Asimismo, los minerales y piedras
(línea verde oliva) muestran una tendencia ligeramente creciente en los últimos años.
Conclusiones
La investigación desarrollada ha permitido responder a la pregunta central y validar la
hipótesis planteada, basándose en la evidencia empírica analizada y contrastándola con el
marco teórico del intercambio ecológicamente desigual. El estudio buscaba determinar la
magnitud del intercambio ecológicamente desigual entre América Latina y Estados Unidos y,
a través de ello, analizar la huella ecológica, la huella hídrica y el balance de flujos materiales.
Los resultados confirman que la dinámica comercial entre ambas regiones no es mutuamente
beneficiosa, sino que está marcada por una transferencia desproporcionada de recursos e
impactos ambientales.
La evidencia empírica demuestra que el intercambio ecológicamente desigual se
caracteriza por un flujo neto de materiales y recursos naturales, que se exportan desde
América Latina hacia Estados Unidos. Esto se traduce en una huella ecológica e hídrica
significativamente mayor en los países latinoamericanos exportadores, lo que genera impactos
ambientales desproporcionados en la región en comparación con los beneficios económicos
recibidos. Este patrón de comercio valida los postulados de la teoría del intercambio desigual
de Arghiri Emmanuel y la economía ecológica, que señalan que los países del Norte Global,
con altas tasas de consumo, se apoyan en la biocapacidad y los recursos del Sur Global para
mantener su desarrollo.
El análisis de la Huella Ecológica, Biocapacidad y Déficit/Reserva Ecológica en los
mapas corrobora esta dinámica. Mientras que Estados Unidos presenta una de las huellas
ecológicas per cápita más altas del mundo y un gran déficit ecológico, América Latina, en su
conjunto, mantiene una reserva ecológica significativa. Esto confirma que el déficit de
recursos de Estados Unidos es sostenido, en gran medida, por el superávit ecológico de
América Latina. Se observa una clara división metabólica donde la región latinoamericana
actúa como un “acreedor ecológico”, proveyendo de recursos y servicios ecosistémicos al
“deudor ecológico” que es Estados Unidos. Este patrón de flujos de materiales y energía, lejos
de equilibrar las economías, perpetúa la dependencia y la injusticia ambiental.
Las gráficas de series de tiempo que analizan el valor de las exportaciones e
importaciones de bienes primarios y manufacturados, tanto en términos monetarios como en
volumen, refuerzan esta conclusión. Específicamente, las gráficas muestran que a lo largo del
tiempo, la brecha entre el valor y el volumen de los productos primarios se ha ampliado
significativamente. Mientras que el valor monetario por tonelada de bienes primarios ha tendido a disminuir en relación con los bienes manufacturados, el volumen físico de estos
bienes exportados desde América Latina a Estados Unidos ha crecido de manera constante.
Esta disonancia evidencia una transferencia de valor encubierta, donde América Latina
transfiere una cantidad creciente de sus recursos naturales a cambio de un valor monetario
relativamente menor, lo que acentúa la dependencia económica y la vulnerabilidad ambiental
de la región.
El estudio demuestra que el comercio entre ambas regiones sigue un modelo
extractivo-exportador que impone costos ecológicos en América Latina para sostener el
metabolismo de consumo de Estados Unidos, lo que profundiza las desigualdades
estructurales y la dependencia que se habían planteado en el problema. Ante este escenario, se
sugieren varias líneas de acción. En primer lugar, los países de América Latina deben
diversificar sus economías para reducir la dependencia de las exportaciones de materias
primas, fomentando la industrialización y la producción de bienes con mayor valor agregado.
Es crucial implementar políticas de desarrollo que prioricen la sostenibilidad ambiental y la
soberanía sobre los recursos naturales. Por su parte, los países del Norte Global, como Estados
Unidos, deberían reconocer los pasivos ambientales que generan y establecer mecanismos de
compensación que promuevan una distribución más equitativa de los beneficios y los costos
ecológicos. Es imperativo impulsar acuerdos comerciales que incorporen cláusulas de justicia
ambiental, asegurando que el comercio no se base en la explotación, sino en principios de
equidad y sostenibilidad para un desarrollo global más justo.
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